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BREVE COMPENDIO BAUTISMAL CRISTIANO

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Bibliografía de "Edificación"

ANTICIPACION PROFETICA MESIANICA

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UN SEÑOR


He aquí un reconocimiento fundamental dentro de la comunión cristiana: "Para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él" (1 Co. 8:6).

La verdad del Señorío de Jesucristo es fundamental a la fe cristiana: "A este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo" (Hch. 2:36b). Que Jesús es el Señor, es la confesión insustituible que brota del corazón y los labios de los redimidos: "Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo" (Ro. 10:9).

Era esta verdad la que con la vida y la palabra envolvía la predicación apostólica, como está escrito por Pablo a los corintios: "Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús" (2 Co.4:5). Sí, lo que los apóstoles predican es a Jesucristo como Señor; para esto Él nos salvó: “7Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí.8Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos. 9Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven'' (Ro. 14:7-9 ).

Efectivamente, Su sacrificio por nosotros tiene grandes implicaciones, pues nos reconcilia con la voluntad del Padre. Reconocer a Jesús como el Señor significa, pues, vivir y morir para Él, pues, “por todos murió, para que los que viven (es decir, los renacidos), ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos" (2 Co. 5:15).

Pero el Señorío de Cristo no se reduce tan sólo a los cristianos, pues con Su resurrección recibió autoridad sobre toda potestad y carne (Mt. 28:18). No sólo por derechos de creación, ya que el Padre todo lo hizo con el Verbo y por el Verbo y para el Verbo; sino que además, por derechos de redención, por Su compra sacrificial que levantó el embargo del pecado, y por el sustento nuevo de la resurrección. "9Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, 10para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; 11y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre" (Fil. 2:9-11). Toda criatura, tarde o temprano, deberá, pues, reconocer la soberanía de Dios que ha hecho heredero de toda plenitud a Jesucristo, el Hijo del Dios viviente.

Sólo bajo las plantas de Sus pies las cosas todas están en su debido lugar, pues sólo a Él corresponde el legítimo derecho. Ser el Señor significa ser el Amo absoluto con pleno derecho. Y Él es doblemente Señor: primero, por naturaleza, ya que en cuanto Verbo es Deidad creadora y sustentatriz, además de ser la meta legítima de todas las cosas con su diseño. Segundo, es también Señor por conquista, porque destronó al usurpador querúbico y venció a la muerte y toda oposición, en sus pruebas humanas, recuperando así lo que había perdido. Es Señor de señores y Rey de reyes, Soberano de los reyes de la tierra, y Cabeza de todo principado y potestad, Heredero de todas las cosas; por lo tanto es Juez con poder de salvar y condenar.

Ante Él doblamos presurosos y contentos nuestras rodillas desde lo profundo de nuestros corazones.

Quien tenga el Espíritu Santo no puede sino reconocer y confesar a Jesús como Señor, pues gracias a Él ha sido trasladado al Reino del amado Hijo de Dios, donde la voluntad del Padre es la perfecta directriz eterna con la que se nos concedió alianza. Estamos los cristianos aliados con Dios y Su santa voluntad, por medio de la lealtad a Su Cristo, Su Ungido al que puso sobre el trono altísimo. El cristiano debe, pues, reconocer que recibir a Jesús como Señor y Cristo, implica otorgar la primera lealtad a los derechos de la corona de espinas del Redentor; Él, primero, antes que nuestra propia vida, familia o propiedades.

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