Cristo como Verbo

   
 


 

 

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Cristo en la eternidad y la Trinidad (2)


CRISTO COMO VERBO


Una mirada retrospectiva

Empezamos esta segunda clase de la tarde de hoy. Quiso el Señor, y le agradezco porque lo quiso así, que coincidieran las consideraciones que nuestro hermano Alejandro adelantó en la primera clase, con la que yo debo hacer también en esta segunda clase, como un complemento. Fue algo que el Señor hizo coincidir; no fue un plan ni de Alejandro ni mío; fue algo que el Señor quiso que coincidiera.

También cuando estaba cantando Irmita, fue del Espíritu esas canciones que cantamos al final, pero no fueron planeadas ni escogidas de una manera adrede, sino que fueron dadas en su momento por el Espíritu, y el tema es precisamente esa confesión acerca del Señor Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.

Vemos, pues, que de varias maneras el Espíritu del Señor nos tiene centrados en eso. Entonces aprovecho este momento para considerar estas cosas. Les ruego que los que puedan me sigan con las Escrituras, porque estaremos masticando, desglosando el tema de esta tarde, tanto en la parte de Alejandro como en la otra parte.


Demos una mirada retrospectiva para ubicarnos en el contexto de la serie. Estamos siguiendo una serie que hemos titulado: “Tres centralidades concéntricas”. Concéntricas quiere decir que es como tres círculos uno dentro del otro; las tres cosas que son centrales, las que no debemos descuidar, en las que debemos poner siempre suma atención.


1. La primera, que la estableció el mismo Padre, en Su propio Hijo. Al Padre le agradó que en Su Hijo habitara toda plenitud; lo hizo a Él heredero de todas las cosas, y quiere que Su Hijo tenga toda la preeminencia, y la preeminencia sobre todas las cosas; es decir, que la primera preeminencia establecida por Dios mismo, por el Padre, es el Hijo, es Cristo. Y el Hijo dice también: “Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti” (Juan 17:1). Eso significa que cuando se honra al Hijo, se honra al Padre, el Padre se revela por medio del Hijo. El Padre nos ha dado al Hijo; el Hijo es la lámpara de Dios; como dice en Apocalipsis que en la Nueva Jerusalén, el Cordero, que es el Verbo encarnado de Dios, era la lumbrera. Eso nos dice que al Padre se le conoce a través del Hijo. No se puede conocer al Padre sin el Hijo. En la Biblia el Padre es llamado el Dios invisible, pero el Hijo es llamado la imagen del Dios invisible.


Juan dice por el Espíritu Santo: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:18). Y en el mismo tono, dice también el mismo Juan en su primera epístola: “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna” (1 Jn. 5:20). Recuerden que Jesús había dicho: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. Y el Señor fue enviado para se conociese al Dios verdadero. El verdadero Padre se revela en el verdadero Hijo. El Hijo es el Dios verdadero y la vida eterna.

Entonces vemos que es Dios mismo quien estableció esa primera centralidad. La iglesia no tiene que ser superficial en esto. La Iglesia tiene que poner mucha atención al Espíritu del Señor que nos habla por la Palabra de Dios lo que Él va revelando en la Iglesia.


2. La segunda centralidad es, entonces, el Espíritu; porque así como el Hijo vino en el nombre del Padre, el Espíritu fue enviado por el Padre y el Hijo, y viene en el nombre del Hijo para darnos a conocer al Hijo, para glorificar al Hijo. Es el Espíritu el que realiza ahora la continuación del trabajo de Dios. De manera, pues, que la segunda centralidad que vamos a considerar más detenidamente después, es lo relacionado con el Espíritu de Dios, y también lo que tiene que ver con el espíritu humano. Porque el Espíritu de Dios en los regenerados, en los que hemos recibido a Cristo, se ha unido a nuestro espíritu; y una cosa que es fundamental es centrarnos en Cristo y andar en el Espíritu. Si nosotros nos ocupamos de muchas cosas religiosas, pero nos descentramos de Cristo y de andar en el Espíritu, estamos dando vueltas por los costados. Es muy importante estar centrados en Cristo y en el Espíritu. Pero Dios instituyó también la Iglesia, que es la tercera centralidad.


3. La tercera centralidad que Dios estableció es el Cuerpo de Cristo, porque el Cuerpo es la extensión del Misterio de Cristo y es el cuerpo en el que opera el Espíritu de Cristo. El Señor no quiere que todo servicio a Cristo, a Dios, se haga de cualquier manera, ni en cualquier lugar, sino que Dios estableció una tercera centralidad. Cuídate de ofrecer tus holocaustos y sacrificios en cualquier lugar que vieres, sino en el lugar que Jehová escogiere para poner allí Su nombre; ese buscaréis y allí iréis y allí ofreceréis vuestros holocaustos. Ese lugar era el santuario único, que es, en el Antiguo Testamento, la figura tipológica del Misterio de Cristo, el cual tiene dos partes. La primera parte es Jesús, la cabeza; la segunda parte es el cuerpo, la Iglesia.


De manera, pues, que el santuario único se refiere al misterio de Cristo: Cristo y la Iglesia; pero es la Iglesia no referida a alguna denominación específica, sino referida al cuerpo único de Cristo que incluye a todos los hijos de Dios comprados por la sangre de Cristo y nacidos de nuevo por el Espíritu; no importa quien le haya predicado y cómo haya llegado a los pies del Señor, a través de qué misionero, qué misión, si independiente o tradicional. Lo importante es si llegó a Cristo y nació de nuevo, entonces es miembro del cuerpo de Cristo. Esa centralidad del santuario fue establecida también por Dios. Por eso hablamos de una triple centralidad, pero no de tres centros, sino de centralidades concéntricas: Cristo, el Espíritu y el Cuerpo (la Iglesia).


Cristo, sus aspectos objetivo y subjetivo

Después empezamos a detenernos, primero de manera panorámica en Cristo; viendo los diferentes aspectos de Cristo, en lo objetivo y en lo subjetivo; es decir, en lo objetivo es en Su historia, en Su ser histórico, divino y humano, ya sea que tú lo percibas o no, lo sientas o no, lo creas o no, Él es inmutable, Él es eterno. Pero también Él es el Cristo que opera en nosotros, que se forma en nosotros, que fue enviado por Dios para ser nuestra vida, esto es, nuestra experiencia subjetiva. Estamos considerando los aspectos de Cristo en Su ser y en Su obra, en lo objetivo y también en nosotros; porque la Biblia habla de “Cristo en vosotros la esperanza de gloria”. Cristo subjetivo en nosotros, haciéndose nuestra vida. Eso es a grandes rasgos lo capítulos que estamos viendo.

Cuando empezamos a ver el aspecto objetivo de Cristo, vimos un primer capítulo: Cristo en la eternidad, y es el que la vez pasada comenzamos a desglosar. Y lo que vimos la vez pasada respecto de Cristo en la eternidad fue la confesión divina, cómo es Dios mismo el que confiesa la divinidad del Hijo. Antes que los profetas y los apóstoles, primero es Dios el Padre mismo el que confiesa la divinidad del Hijo; y veíamos los versículos en la Biblia, y cómo esa confesión de Dios muestra la divinidad del Hijo, la participación del Hijo en la naturaleza, esencia y substancia divina. Pero eso aún no está terminado. De manera, pues, que ahora en este capítulo, en perfecta sincronía con lo que el hermano Alejandro estaba diciendo en la primera parte, estaremos exactamente en eso mismo, considerando otros aspectos relativos a Cristo en la eternidad. Antes de entrar a Cristo en relación con el propósito con la creación, en la revelación y en la redención, etc., estamos detenidos considerando la Palabra del Señor en lo relativo a Cristo en la eternidad. Justamente lo que estaba diciendo nuestro hermano hoy es fundamental, y esos versículos que justamente él abrió, son los que yo tenía para abrir. Así que fue el Señor quien nos hizo coincidir, como también el tema de esos cánticos que el Espíritu colocó, y estamos ahí; el Señor nos quiere ahí. Él preparó esta tarde para eso.


Cristo, el Logos de Dios

Vamos, pues, a detenernos en la consideración de Cristo como el Verbo. La Palabra Verbo es una traducción española de una palabra griega, logos (λόγος), que se escribe con las letras griegas lambda, ómicron, gamma, ómicron y sigma. Logos es una palabra que aparece bastante en la Biblia, pero sobre todo con un sentido especial aplicado a la persona del Hijo de Dios, aplicado a la persona del Señor Jesús. Entonces la Biblia lo llama a Él el Verbo, como aparece en Juan 1:1: “En el principio era el Verbo”; y también dice allí en Apocalipsis de aquel jinete glorioso del caballo blanco, que “estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombres es: El Verbo de Dios” (Ap. 19:13). Ese es un lenguaje que usa especialmente el apóstol Juan. Vamos, pues, a estudiar detenidamente lo que implica esa palabra, el Verbo; todo lo que implica esta palabra. Es una palabra muy rica. En primer lugar, es una palabra que no se la inventó Juan.

Claro, nosotros que leemos en esta Biblia en castellano, no precisamente en griego. Esta palabra solamente la encontramos en Juan, tanto en el Evangelio, como en su primera epístola, como en el Apocalipsis. Es solamente el apóstol Juan el que usa esta expresión que, en la traducción española que tenemos, es el Verbo. Uno podría sentirse tentado a pensar que fue Juan quien se inventó esa expresión, pero realmente no es así. La expresión ya existía en la cultura en la que el Espíritu Santo hizo que el apóstol Juan la tomara.

Eso significa que el Espíritu Santo ya preveía; porque aunque Juan escribió de último, ya la Palabra que fue inspirada por Dios mismo, era conocida por Dios desde la eternidad. Lo que en el tiempo llegó a ser la Escritura, era conocida desde la eternidad en el corazón de Dios; y ya Dios había preparado el entendimiento de lo que Él hablaría en el tiempo y el sentido de las Palabras cuando fueran registradas en el tiempo apostólico o profético, según la época de la parte de la Biblia que sea.


Eso nos dice que Dios no nos mandó la Biblia así del cielo en un solo momento, como si hubiera caído en la plaza de Jerusalén un rollo gigantesco, sino que Dios se demoró siglos, se demoró casi dos milenios escribiendo la Biblia y la revelación de Dios y el registro de esa revelación en la Biblia. Dios, que venía a salvar a la humanidad, no proveyó por ahí unos pensamientos abstractos en el aire; el Señor se reveló en la historia, y el Señor se reveló en medio de las culturas humanas; de manera que el Señor llegó a la realidad de la humanidad, y en medio de esa cultura el Señor empezó a hablar a los hombres en el lenguaje de los hombres y en medio de costumbres, valores y significados culturales, algunos más primitivos, otros menos; sociedades más evolucionadas como la de Atenas, por ejemplo. Cuando Pablo llegó allá era la cumbre de la cultura de la época, y hasta hoy sigue vertiendo su influencia muchísimo.


Preparación cultural

Tenemos, pues, que tener en cuenta que los conceptos que aparecen en la Biblia, fueron elaborados por el Espíritu de Dios juntamente con los siervos que Él escogió en el antiguo y largo proceso histórico, y que el sentido final de esas palabras fue el trabajo de Dios. Nosotros tenemos que conocer el trabajo de ese concepto de Verbo; porque realmente no fue Juan el que se lo inventó. Fue Dios el que le dijo a Juan: Juan, escribe así. Dios sabía cuál era la palabra que tenía que escoger Juan y qué significado tenía que darle, porque ya en la historia en que esa palabra apareció, había estado Dios adelantando un sentido que luego Juan tomó y le dio su característica final.

Por la época cuando los filósofos comenzaron en Éfeso, los jonios y la Escuela de Elea, la filosofía griega, comenzaron los filósofos a salir, digamos, de la escuela de un pensamiento más anterior, que era un pensamiento mitológico, de la época de Hesíodo, de Homero, que era lo que más prevalecía en la mitología; y ellos comenzaron una especie de revolución cultural entre los griegos, especialmente en una comarca de Asia Menor que se llamaba Jonia. Allí los jonios empezaron a pensar. Luego en otra ciudad llamada Mileto, Tales de Mileto comenzó a tratar de entender qué era el ser, cómo estaba formado el universo, y empezaron a tratar de dar respuestas que no fueron como habían dicho las Musas, como había dicho Hesíodo. Ellos empezaron a filosofar y aparecieron Tales de Mileto, Anaxímenes, Anaximandro, todos esos filósofos que cuando uno está en bachillerato y estudia la filosofía, los recuerda. Hubo uno que se llamó Heráclites de Éfeso, y él fue el primero en usar ese concepto de Logos. Por lo menos en el registro histórico, cuando uno comienza a ver cómo empezó ese concepto del Logos, él fue aquel famoso filósofo que decía que el todo es como una especie de devenir, que nunca nos bañamos en el mismo río, que aunque tiene el mismo nombre, sin embargo, el agua en la que me bañé el año pasado no es la misma, ya el agua pasó, ya las piedras están más abajo, ya la arena no es la de antes sino que acaba de llegar; en fin, aunque el río parezca el mismo, no nos bañamos en el mismo río. Heráclides hablaba de que todo era un devenir. Él fue el primero que comenzó a hablar del Logos, del Verbo.


De la línea de Heráclides, siguieron hablando del Verbo el famoso Platón, por allá por la época de Alejandro Magno; es decir, casi cuatro siglos antes de Cristo. Después del Liceo, que fue el que fundó Aristóteles, y de la Academia que fundó Palatón, surgieron varias escuelas de filosofía, unas muy famosas citadas en la Biblia, especialmente la de los estoicos. Los estoicos fueron los siguientes que hablaron del Verbo. De manera, pues, que hubo un proceso acerca del sentido de esta palabra Logos que se fue desarrollando, digamos, en la humanidad, para que estuviera ya cocinadito para cuando llegara el Espíritu Santo y dijera: Bueno, Juan, ahora ya está cocinada esta palabra; ya llevamos cuatro siglos cocinándola. Ahora sí puedes tú decir: El Verbo que era con Dios, que era Dios y que se hizo carne. La cocinada duró casi cuatro siglos para que llegara a tener un sentido. Claro que el apóstol Juan ya tenía lo que nosotros tenemos como cristianos, el sentido de Cristo. Sin embargo, es importante que conozcamos la cocinada de ese pensamiento.


¿Qué era lo que los griegos habían empezado a hablar? Porque justamente en la ciudad de Éfeso habían empezado a hablar del Verbo; y justamente cuando Pablo ya estaba pronto a morir dice: “Me abandonaron todos los que están en Asia. Te rogué (a Timoteo) que te quedases en Éfeso, cuando fui a Macedonia, para que mandases a algunos que no enseñen diferente doctrina”. Y Pablo se muere, lo decapitan, y se queda Timoteo en Éfeso con un encargo y luego el Señor deja a Juan justamente en Éfeso, y fue en Éfeso donde Juan escribió el Evangelio y las epístolas. El Apocalipsis fue escrito en la isla de Patmos; pero después escribió el Evangelio y las epístolas justamente en Éfeso. Él fue el que quedó allí en Asia Menor. Así como Dios hizo ir a Pablo directamente a Atenas, hizo ir a Juan directamente a Éfeso. ¿Por qué, hermanos? Porque el trabajo de Dios con la humanidad no es una cosa descoordinada e incoherente, no; es coordinada y coherente. Dios trabaja con la humanidad. No piense que los españoles llegaron en cualquier época aquí. Ya los chibchas tenían que estar en cierto nivel para poder asimilar algo y soportar a los españoles algo también, y poder hacer bien una primera pinceladita de monoteísmo con los chibchas; de manera que Dios tuvo que hacer algún trabajo, una preparación. Recuérdese que Dios habla así.


Dios le dijo a Abraham: Abraham, yo te voy a decir algo. Dios no hace nada sin revelar Sus secretos a sus siervos los profetas. Antes de hacer, lo revela. Abraham, tengo que decirte algo respecto de tu pueblo; porque es que Yo te hecho una promesa respecto de tu pueblo, pero tengo que ser sincero; antes de que esa promesa se cumpla, van a estar presos 430 años en Egipto, bajo servidumbre.

Dios es muy sincero; porque imagínese, si Dios no se lo dice, entonces iban a pensar que esa promesa era mentira; porque no es una generación la que vive 430 años después del diluvio. Dios tuvo que preparar las cosas, pero le dijo una razón, y la razón fue esta: Porque aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo. De manera que vemos que Dios estaba dejando que la cultura de los amorreos, de los famosos amurrú que dice la arqueología, llegara a determinado punto para recibir el juicio que Dios les daría a través de los Hebreos, a través de Josué. Ellos tenían que esperar que el proceso con la cultura amorrea que Dios estaba monitoreando, llegara a su punto. Dios monitorea todas las naciones, las culturas, los individuos, los pajaritos, los pelitos, cuánto más a las naciones y a Su Iglesia. Cada iglesia en cada localidad. Él es el Sumo Sacerdote que está mirando cómo está el proceso de cada candelero. El Señor nos monitorea, y Él está detrás de las culturas, porque Dios es el Dios de todos, claro que Él se reveló con Israel primero, pero el propósito era para todos. ¿Pensamos nosotros que solamente el éxodo fue la única intervención de Dios?


Claro, el éxodo fue una intervención de revelación proposicional, pero Dios mismo dice: ¿Acaso no fui yo mismo el que saqué a los filisteos de Caftor (Creta) y los traje a la franja de Gaza? Eso también está en la Biblia. También fue Dios el que estuvo detrás de la migración de los caftorim; es decir, toda la isla de Creta, la civilización minoica y micénica que fue a trasladarse para ser después los filisteos y los luchadores, los interlocutores. El Señor tenía que preparar a Israel con la civilización minoica en un conflicto, para que después pudieran enfrentar la civilización griega. Dios hace muchas cosas; Dios no está jugando; Dios hace unas maravillas en la historia. Él es el Dios soberano de la historia.


Entonces el Señor obró así. Juan, te vas a quedar en Éfeso. Y ese fue el centro de la obra para Juan, y él se quedó en Asia Menor porque a Pablo lo abandonaron. Dijo El Señor: Bueno, Pablo, tú vas a descansar, pero Juan se va a quedar remendando las redes. Él ya sabe cómo remendar las redes. Justo yo lo llamé cuando estaba remendando redes, y dije: Éste es el que me va a remendar las redes. Entonces Juan se quedó remendando las redes, y cuando ya ese concepto específico del que estamos ahora tratando, empezaba a tener sus opositores y se empezaban a vislumbrar los primeros brotes de herejía, Juan estaba ahí para remendar.


Pero Dios trabajó no sólo con esto, pero esto constituye lo primero, el principal. Imagínense si en otras cosas Dios es cuidadoso, ¿no lo sería con esto? Porque los hermanos que estuvieron en la escuela de la obra en Teusaquillo recordarán cuando vimos la clase, algunos tienen copia de esta clase, de la transición de la revelación general a la especial; cómo primero Dios dio señales de Sí mismo a todos los hombres, aparte de la Biblia. Lo que de Dios se conoce, dice Pablo, es manifiesto a los hombres y no tienen excusa; es decir, que algo de Dios era conocido antes de venir Dios a revelarse de manera especial por intervenciones en palabras y hechos redentivos a través de Israel; Dios ya había dado señales parciales pero verdaderas de Sí mismo a los hombres, a través del cosmos creado, a través de la conciencia humana. Por eso la Palabra dice que los gentiles que no tienen ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en los corazones; quiere decir que Dios ya estaba trabajando a la humanidad cultura tras cultura, civilización tras civilización, enseñando lecciones para preparar la tierra para recibir la semilla. Porque si Él quiere que los hombres siembren la semilla con sabiduría y preparen la tierra, eso es apenas una figura del trabajo de Dios. ¿No lo haría Dios así? ¿No prepararía Dios la tierra para el evangelio como nosotros la preparamos para los fríjoles? Pues con más razón.


Por eso es que en la Biblia dice que el Hijo vino en el cumplimiento de los tiempos. No vino antes de tiempo. La cultura tuvo que haber pasado por ciertas situaciones; la humanidad tenía que tener ya ciertas lecciones aprendidas, y por lo menos algunos tenían que estar listos como aquel Dionisio el areopagita que ya había oído mucha filosofía en Atenas, que dijera: Ya no entiendo nada de nada. Entonces llegó Pablo y le dijo: “Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30). Y ahí le viene con el evangelio, y lo recibió Dionisio el areopagita, aquel hombre encargado del Areópago en Atenas. Quizá era el hombre más académico y más sabio de la filosofía que había en ese tiempo, y ese hombre recibió al Señor Jesús, y también una mujer llamada Dámaris; ella debió haber sido una mujer muy interesante, por estar merodeando por el Areópago.

No estaba solamente en la cocina; estaba en el Areópago. Gracias a Dios había un programa, y así comenzó la iglesia en Atenas.


Origen del concepto de Verbo

Ese concepto del Logos que el apóstol Juan utiliza, tuvo esa preparación desde Heráclides, pasando por Platón y por los estoicos; y Juan vivió en Éfeso unos cuantos años; porque él como por el año 86 escribió el Apocalipsis, cuando el gobierno del Emperador Domiciano. Después, cuando murió Domiciano y cambiaron el Emperador, Juan salió de la isla de Patmos y se fue a Éfeso, y allí estuvo trabajando en Éfeso y conoció bien la cultura griega. De hecho si usted compara el Apocalipsis, que es el primer escrito de Juan, con el Evangelio y las Epístolas, el griego que usa en Apocalipsis es un griego como de un judío que lo está aprendiendo; pero el griego del Evangelio y de las Epístolas, después de varios años de trabajo de Juan en Éfeso, ya es un griego más culto. La primera vez que se habló del Logos fue cuando el Espíritu Santo hizo que Juan tomara esa palabra y dijera: Esto que ustedes están llamando el Logos es el mismo que nosotros decimos el Hijo, el Hijo de Dios; el Hijo es el Logos, es el Verbo.

Entonces debemos entender el sentido de esa palabra y la formación de ese sentido, que ya llegó a ser definitivo con el apóstol Juan, ya que la fe fue dada una vez, ya se cocinó, ya no hay que cocinarla más; ya no está crudo, ya está cocinado; de manera que si se cocina más, se quema. Si hubiese venido antes de tiempo, estaría todavía crudo, pero llegó en el cumplimiento del tiempo. Entonces llegó el apóstol Juan y por el Espíritu tomó esa palabra, y esa palabra tenía un sentido entre los griegos, a quienes les gustaba la sabiduría; porque lo que ellos buscaban era la sabiduría. Justamente allá fue donde surgió la filosofía, que quiere decir, amigo de la sabiduría, de filos, amigo, amor, y sofía, que quiere decir sabiduría. Justamente allí nació la filosofía o la amistad de la sabiduría.


Cuando le preguntaron a Platón qué era él, él dijo que era un amigo de la sabiduría; es decir, un filósofo; entonces allí fue que surgió el concepto de Verbo. Cuando los griegos empezaban a ver el orden del universo, veían que el universo estaba muy ordenado, que había como una razón subyacente detrás del universo, que era Él que le daba el orden a todo el universo; que el universo no era una cosa desordenada, sino que tenía que haber una mente primeramente; antes de ser palabra tenía que ser mente, tenía que ser razón. ¿Por qué? Porque la palabra expresa la idea. De manera, pues, que el concepto de Logos no sólo es palabra expresada, sino que antes de ser expresada, es entendida. Ellos veían que el universo tenía un orden y que detrás de ese orden tenía que haber una razón, y esa razón que se escondía detrás del orden del universo fue a lo que ellos llamaron el Logos, el Verbo. Primeramente esta palabra tiene el sentido de mente, el sentido de razón y el sentido de concepto, antes de poder tener el sentido de palabra, porque el sentido de palabra es cuando el concepto es nombrado, es definido, se trata de él; entonces ahí es que ese concepto llega a ser palabra. Primeramente era una mente detrás del universo que ordenaba coherentemente las cosas.

La coherencia del todo era debida a una mente escondida que estaba detrás, que daba razón de ese orden universal. A eso era a lo que ellos llamaban Logos, razón, y entonces concepto.


El concepto es una imagen, también mente, razón, y también justamente la palabra en la que hace un momento se estaba deteniendo nuestro hermano Alejandro: sabiduría. Esa palabra, sabiduría, fue la que Salomón escribió; es la misma que se llama sofía. Esa palabra sabiduría quiere decir la razón de Dios. Después de que hay mente con sabiduría y razón, que tiene una imagen de las cosas, entonces hay un concepto, y ese concepto sí se puede expresar. Después de ser una expresión entonces es palabra, y al ser palabra es también discurso, es también tratado. Todos estos sentidos están detrás de la palabra Verbo. Cuando decimos Verbo, es una palabra muy rica, que significa muchas cosas. Antes de poderse nombrar algo se tiene que tener un concepto de esa cosa, se tiene que conocer; entonces al conocerla, definirla, se nombra, y al nombrarse, entonces se pronuncia, es ya una palabra; y a veces se explica, se discurre, es un discurso, y ese discurso comprende todo un tratado. Por ejemplo, odontología quiere decir tratado acerca de los dientes; sicología, tratado acerca de la psiqué o del alma y cuantas otras cosas hablan; cronología, tratado acerca del cronos, del tiempo.

Esa terminología de las palabras españolas viene de la palabra Logos, que quiere decir tratado. Cuando se trata de algún concepto particular aparece ese sufijo logía; esa logía de tal cosa. Si es odontología, sicología, cronología o cualquiera otra logía, es el discurso o el tratado que discurre acerca de eso. La primera raíz, si es el tiempo, es cronos, y tenemos cronología. Si se trata del tiempo que ha pasado, las crónicas, entonces es cronología. Todas estas palabras están detrás de la palabra Logos. Pero vamos a algo más. Este es el concepto, digamos, básico, pero ¿qué es Logos más perfecto, más puro? Porque, bueno, tú puedes tratar acerca de esto y puedes tratar acerca de aquello, pero esto con aquello ¿qué tienen en común? El resultado de las interdisciplinas. Entonces comienza a surgir un concepto más unificado de Verbo. Ya no es tratado particularista, sino que es un concepto que expresa todo, un concepto en el cual usted puede sintetizar todo.


De manera, hermanos, que allí fue cuando Juan se dio cuenta del uso de esa palabra. Como nos recordaba Alejandro, Dios conoce todo, primero acerca de Sí mismo y segundo acerca de todo lo demás; porque Dios es omnisciente; como Dios es omnisciente, conoce todo. Ese todo es, primero, Él mismo; segundo, todas las cosas. Entonces la palabra Verbo es el conocimiento que Dios tiene de Sí mismo y de todo. Dios, al conocerse a Sí mismo y conocer todas las cosas que Él podía crear, tiene de Sí mismo un concepto igual a Sí mismo, que lo expresa a Él mismo.


La imagen de Dios

Dios primero se conoce y luego se revela, y dice: Yo soy el que soy. Para Dios decir: Yo soy, tenía primero que ser el que era. Él primeramente era, y entonces se conocía, y al pronunciarse, al tener de Sí un concepto igual a Sí, y no sólo de Sí sino de todo, entonces Él se autodefinía o autoproclamaba. Esa definición de Dios, ese autonocimiento y autorrevelación de Dios, ese es el Verbo de Dios, la Logía no acerca de los dientes, ni del tiempo, ni de cualquier otra cosa, sino de Dios mismo. Había un Verbo que era de Dios, que definía a Dios conforme Dios se conoce. Dios tiene de Sí mismo una imagen; Dios se conoce a Sí mismo; Él es el que es, pero entonces Él dice: Yo soy el que soy. Primero es; entonces ese que es, ese origen de todo y que tiene ser en Sí mismo, ese es el Padre. Pero el Padre no empieza a conocerse un día, y por eso la sabiduría no es creada, sí es engendrada, porque al conocerse engendra el conocimiento. Al saber engendra la sabiduría, pero como Él no empieza a conocer ni a saber, sino que siempre ha conocido y sabido, entonces Su Verbo, Su Sabiduría, es engendrada pero no creada; es eterna, porque Dios se conoce Él mismo; Dios tiene de Sí una imagen que es exacta. Nosotros en cambio no.

Por ejemplo, yo digo: Bueno, Gino, ah Gino debe ser, un... Esa es una imagen equivocada. A veces me deprimo, a veces me exalto. Nosotros no nos conocemos a nosotros mismos, pero esa enfermedad no le sucede a Dios. Dios sí se conoce a Sí mismo tal como Él es; de manera que cuando Él se define, según se conoce, Su Verbo es igual a Sí. Ahora, cuando Ricardo piensa en Ricardo, existe el Ricardo que piensa en sí y el Ricardo pensando por Ricardo. Puede haber una diferencia entre el Ricardo que piensa en sí y el Ricardo pensando por Ricardo, y en cualquiera de nosotros la misma cosa. Puede haber diferencia. Pero no en Dios; en Dios no hay diferencia. Cuando Dios se conoce a Sí mismo, y ese cuando es sólo un recurso literario, ese cuando realmente es una palabra temporal y en el caso de Dios no se puede usar porque Dios es eterno, entonces en el caso de Dios, Dios que es eterno, siempre se ha conocido a Sí mismo, de manera que la imagen de Sí que le acompaña, Su Verbo y Su Sabiduría, es coexistente con Él desde la eternidad, y participa de la misma esencia, porque es engendrada de la esencia; es la esencia divina que se autoconoce, y ese autoconocimiento de la esencia divina es también divino, que nadie le ayuda ni agrega nada a Dios.


Dios es el que se conoce; entonces Dios tiene de Sí una imagen que es igual a Sí, no es menor, no es mayor. Dios no se equivoca. Dios dice: Yo soy el que soy. Cuando dice Yo soy, ya es proferido. Cuando dice: Yo soy el que soy, ya es proferido; es decir, ya se ha conocido y se ha autodefinido y se ha revelado, se ha expresado. De manera que ese que dice: Yo soy el que soy, es el Verbo. Por eso es que se le llamó el Ángel de Jehová, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Fue el que dijo: Yo soy el que soy. Yo soy me envió a vosotros. Y cuando leemos el concepto aparece que es el Ángel de Jehová, pero no un ángel como un ser creado. Ya habíamos visto en otros lugares que la palabra ángel en la Biblia no es el nombre de una naturaleza, sino de un oficio. La palabra griega ángelos o hebrea mal’aj, de donde viene Malaquías o Ángel, significa mensajero.


Entonces el Hijo es el mensajero del Padre. Cuando Dios en el Antiguo Testamento se revela parcialmente en una teofanía, entonces era el Ángel de Jehová. Pero cuando el Ángel de Jehová hablaba, lo hacía como si fuera Dios, y es que es Dios, pero en cuanto Verbo, en cuanto revelación de Dios. ¿Está claro eso? Ahí es cuando uno empieza a identificar cómo el Señor venía preparando y cocinando la palabrita que Juan tenía que usar. Esto es de lo que me voy a valer para poderles explicar a los gentiles, comenzando desde Éfeso, quién es la Sabiduría de Dios, el Cristo de Dios. De manera, pues, que no sólo acerca de Sí mismo, sino acerca de todo lo demás. Dios no sólo se conoce a Sí mismo. Dios conoce los posibles mundos que Él podía crear; Dios nunca añade nada nuevo a Su conocimiento; Él es omnisciente, es decir, sapiente. Dios se conoce totalmente a Sí mismo; Dios no tiene acerca de Sí mismo ninguna nube, ninguna imagen de algo que no conozca. No hay oscuridad en Él; Él está en luz, Él conoce todas las cosas, y todas las cosas están desnudas delante de Él. Él nos conoce y luego nos crea y nos crea en Él, y en Él somos y en Él nos movemos, pero nosotros no somos Él; porque una cosa es el que se conozca a sí mismo, Su ser, en sí mismo, de sí mismo para sí mismo, eterno, necesario para todos los demás, y otra cosa es que conozca la posibilidad de crear y las posibilidades que había de criaturas, y luego las criaturas que hubo. Entonces Él ya conoce todo, el funcionamiento de todo; no hay nada que se le escape a Su conocimiento, Dios es omnisciente.


El Verbo de Dios entonces coexiste con Dios; es decir, el Hijo con el Padre. Por eso se le llama Hijo Unigénito, o sea engendrado del Padre. ¿Me comprenden ahora los hermanos por qué decimos engendrado y no creado? Porque los hermanos en el pasado decían, porque también nosotros decíamos: ¿qué es eso de engendrado y no creado? ¿Acaso engendrado no es lo mismo que creado? No. En las criaturas más o menos lo es, pero no en el caso de la Sabiduría de Dios. Como Dios nunca empezó a saber, sino que siempre supo acerca de Sí y con perfección, entonces la imagen de Sí que Él tiene es igual a Sí; Él puede decirle: Tú eres como yo; puede decirle: Yo te he engendrado hoy, mi Hijo eres tú; Tu trono, oh Dios, le dice Dios al Hijo. El Padre le dice Dios al Hijo. ¿Por qué? Porque si la imagen que Dios tiene de Sí no fuera de Dios, con Dios, entonces sería inferior a Dios; Dios no se conocería a Sí mismo como Él es, no tendría de Sí una imagen exacta; y por eso la palabra imagen en el idioma griego quiere decir carácter. La palabra carácter es la que se usa por ejemplo cuando una máquina de escribir tiene varias letras, pero parece que están al revés; y no es que estén al revés sino al frente; por eso dice: con Él estaba yo, delante de Él.


Carácter de la Hipóstasis

Cuando la máquina imprime un carácter, entonces imprime algo igual a lo que imprime, sólo que al frente; así que cuando tú te conoces, tú tienes de ti una imagen que está como en la pantalla de tu mente.

Ahora, Dios es sabio, delante de Dios está la imagen de Sí, y eso es como un carácter de Dios, como si Dios hubiera salido de Sí mismo y se hubiera autoimpreso, y dijese: Éste soy yo, yo soy éste; es como un carácter. Por eso dice que el Hijo es el carácter de la hipóstasis divina. La palabra hipóstasis es la que usa el autor de la carta a los Hebreos, que se ha traducido persona o substancia, la imagen misma de Su substancia. La palabra exacta es carácter de la hipóstasis. Esa palabra hipóstasis vamos a masticarla; hay que masticarla porque es una palabra clave que hay que entender lo que quiere decir y darle la traducción exacta para que después no digamos del Hijo lo que no dice, porque esa palabra la usa el Espíritu Santo en la confesión acerca de Cristo; de manera que no podemos ser descuidados con esa palabra. Estamos deteniéndonos en el sentido del carácter, en el sentido de hipóstasis, en el sentido de esencia, de naturaleza, de persona, porque Dios es uno en esencia y trino en personas. ¿Qué diferencia hay entre esencia y persona? Tenemos que saber qué quiere decir persona para poder comprender por qué Dios es trino en personas; pero en qué se diferencia persona de esencia para poder saber por qué es uno en esencia y por qué es correcta la confesión trinitaria: Un solo Dios verdadero y tres personas distintas. ¿Qué quiere decir distintas no en esencia? Distinta en personas dentro de la misma esencia. En esto debemos ir despacio, y detenernos en esas mismas palabras. De manera, pues, que la palabra Logos es una palabra rica.


La tradición de la cultura hebrea

Ahora vamos a entrar en una segunda sección de esta misma clase. Vamos a llegar a sabiduría. Resulta que voy a contarles una historia a grandes rasgos. En el mapa vemos el Mar Negro, a Turquía en Asia Menor, al Mar Mediterráneo, a Egipto, a Grecia, a Italia y a Israel.

Luego entre Israel y Jordania corre el río Jordán. Voy a contarles más o menos una historia bastante resumida: Los antiguos habitantes, las distintas tribus, del Oriente Medio desde Grecia hasta la Mesopotamia, habían tenido una historia común. En el mapa encontramos puntos claves como el Canal del Suez, Arabia, el Golfo Pérsico, los ríos Tigris y Eúfrates, lo que se llamó la Mesopotamia; ahí comenzó el género humano. En el Monte Ararat fue donde posó el Arca del Noé, y después los jafetitas se fueron hacia el norte, los semitas se vinieron hacia el oriente, los camitas vinieron hacia el sur.


Claro, los acontecimientos antiquísimos quedaron en la memoria, y esas cosas misteriosas que cuenta Moisés. Acuérdense que Moisés era instruido en toda la sabiduría de Egipto durante cuarenta años, y otros cuarenta años estuvo con Jetro que era sacerdote de Madian, y él mismo tenía también la tradición israelita de su madre, de su abuelo, de su tatarabuelo, de los antepasados de Abraham, de Israel y de todos ellos, incluso del diluvio.


Además, entre Adán y Matusalén, aunque hubo como novecientos y tantos años, sin embargo, hubo doscientos y tantos años de contemporaneidad; es decir, que si Adán comenzó a vivir en este punto y murió en este otro, digamos que Matusalén comenzó a vivir en este punto y murió en el año del diluvio, eso significa que este período, el final de Adán y el principio de Matusalén fueron como doscientos cuarenta y tantos años. ¡Qué contemporaneidad! Eso nos dice que la relación y experiencia que tuvo Adán, se la pudo haber contado a todos los descendientes durante muchas generaciones; incluso Matusalén la conoció, y Matusalén no necesitó sino oír de Adán para llegar hasta la época del diluvio cuando Noé y Sem; y Sem vivió hasta Isaac. Cuando Isaac era pequeño fue cuando recién murió Sem; es decir, que aunque vivieron muchas generaciones, no se necesitó mucha gente para trasmitir la revelación.


Entonces, ¿qué pasa, hermanos? Cuando nos damos cuenta de esto, nos damos cuenta que los acontecimientos primitivos cuya tradición se fue pasando, se fue registrando en la familia de Adán, porque la Biblia lo dice. Si usted pone cuidado, encuentra que en el primer verso de Génesis 5 dice:”Este es el libro de las generaciones de Adán”; y te dice cuándo nació, en qué año nació su hijo, y cuándo nació el otro, y cuándo murió el otro; o sea que eso fue una trasmisión, no fue sólo algo necesariamente oral. De manera que cuando ya viene la época de Moisés, él recibió esa tradición. Moisés no era un tonto. Yo pienso que no había persona más erudita que Moisés; porque por una parte tenía la tradición hebrea, y esa era la que él más valoraba, enfrente de la egipcia; porque aunque él fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios, sin embargo, como dice la Escritura, él no se contaminó, se mantuvo fiel. Él fue y subió a Madián y estuvo otros cuarenta años con la línea de Madián. Madián había sido uno de los hijos de Abraham por Cetura, no por Sara ni por Agar. Después de la muerte de Sara, él tomó una concubina que se llamó Cetura, de la cual tuvo varios hijos, uno de los cuales fue Madián, de donde surgieron los madianitas; y Jetro, el suegro de Moisés, era sacerdote de Madián.


En el sacerdocio era donde estaba toda la tradición antigua. La misma Biblia nos muestra que no había nadie mejor que Moisés para conocer las vertientes de aquí, de allá, de todas partes. Dios sabía cómo prepararía a Moisés. De manera, pues, que Moisés tenía esa documentación antigua, esa tradición antigua; y dice Moisés en el libro de Génesis, que él escribió, que no fue el primero en escribir; había otros que habían registrado tradiciones y hasta escrito genealogías antes. Cuando tú empiezas a leer, por ejemplo, el pasaje de Jacob, dice: “Esta es la historia de la familia de Jacob” (Génesis 37:2); así empieza. Entonces cuando tú vas a escribir una historia, ¿acaso te la inventas? Tú acudes a los documentos antiguos y finalmente cuentas la historia basada en los documentos. Génesis 5:1 dice: “Este es el libro de las generaciones de Adán”.


En Génesis 10:1 leemos: “Estas son las generaciones de los hijos de Noé”. También en Génesis 36:1 dice: “Estas son las generaciones de Esaú”. Y estas son la de tal y estas la de cual; es decir que Moisés al referirse a esos tiempos antediluvianos como a los posteriores, se valió de esos registros y tradiciones. También cuando habla que los hijos de Dios se llegaron a las hijas de los hombres y tomaron para sí mujeres, y todas aquellas cosas extrañas que sucedieron en esa época tan corrompida y por lo cual vino el diluvio, y que se repetirían antes de la venida de Cristo; porque como fue en los días de Noé, así será. Y hay muchas cosas que ya sucedieron.


Claro que entre los pueblos que habían vivido y heredaban esas noticias, ellos, habían creado una mitología rara, pero esas mitologías tenían algún parecido con la realidad. Hablaban del dios tal, que el dios Júpiter vino y se disfrazó de esposo de la reina tal, y tuvo un hijo, y ese hijo había sido no de un hombre sino de ese espíritu que había tomado forma de hombre, así como los ángeles toman forma de varones. Como cuando se le aparecieron a Abraham, Jehová con dos ángeles; eran varones y comieron, y después hasta los sodomitas querían violar a los dos ángeles. Eran ángeles. Eso significa que los ángeles tenían esa capacidad de hacerse varones, y algunos hijos de Dios (Elohim) vieron a las hijas de los hombres y tomaron mujeres, y de la unión les nacieron gigantes (nefilim), y dice que “éstos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre” (Génesis 6:4). Aquellos antiguos reyes famosos de la antigüedad como Gilgameš y otros, todos aquellos que dice Moisés que fueron varones de renombre en la antigüedad, de ellos escribieron nada menos que en el tiempo de los egipcios, de las más antiguas civilizaciones.


Moisés se está refiriendo a unos tiempos más antiguos. A los que aparecen con nombres de dioses y reyes míticos en las mitologías de las culturas antiguas, Moisés decía que eran aquellos nefilim. En todas esas mitologías todas raras aparecen esos gigantes, los titanes que leemos en Hesíodo, en Homero. Lógicamente cuando llegó la época de la filosofía en Grecia, entonces ellos decían: Bueno, ¿no será que a éstos más bien hay que interpretarlos?


Ahora ya la época era un poco distinta a lo que había sucedido antes del diluvio, porque Dios había juzgado aquello, y esos ángeles que pecaron en los días de Noé fueron arrojados en el Tártaro; es decir, prisiones de oscuridad, para el día del gran juicio; de manera que hubo una reducción de esos fenómenos. Por eso cuando uno lee la historia antigua, da la impresión de que lee un poco de historia y un poco de mitología; pero esa mitología es como mágica, como cosas mágicas, parapsicológicas, fenómenos raros registrados también en los libros de los grandes poetas y en los libros sagrados de mitología griega.


Los griegos decían: ¿No será que a éstos más bien hay que interpretarlos? Se dice que cuando Júpiter movió la cabeza, de la cabeza le salió la gran diosa Minerva, ¿no será que la tal diosa Minerva se refiere a la sabiduría y al pensamiento? Y las Musas, ¿no será que se refiere a las inspiraciones? Y comenzaron a interpretar alegóricamente a los poetas antiguos. Entonces comenzó a darse ese proceso en Grecia, principalmente con Jenófanes, y después le siguieron también Platón y las escuelas posteriores. Ellos ya no leían en clave literalista los poemas épicos y míticos antiguos de los griegos, sino que los leían en forma alegórica.


Pero resulta que Dios providenció que hubiera un contacto entre la cultura judía y la cultura griega antes que llegara el Señor Jesús y antes que llegara el apóstol Juan. Algunos de los judíos empezaron a entrar en el estilo de la filosofía griega, y trataron de interpretar también alegóricamente al Antiguo Testamento. Porque, claro, cuando hay dos culturas totalmente diferentes, hay que ver cuáles son las correspondencias para poder establecer un puente de comunicación entre una cultura y otra.


Entonces los que estaban aquí en la cultura judía tenían que buscar en la maraña de la cultura griega algunos conceptos que ellos pudieran considerar equivalentes para poder comunicarse. ¿Por qué? Porque resulta que ya no estaban unos en un lado y otros en otro, sino que vino Alejandro Magno y se tomó Palestina. Él se murió pero quedaron otros, sus cuatro generales que le sucedieron: Lisímaco, Casandro, Seleuco, Antíoco, y que se dividieron el gran imperio griego conquistado por Alejandro; luego de ellos la Biblia habla de los reyes del norte y del sur, y luego incluso vino Antíoco Epífanes, uno de sus sucesores, y estableció la cultura griega, de manera que había una mezcla de cultura egipcia, de cultura griega y de cultura judía en Palestina, Israel. Había que tratar de hacer las correspondencias entre una cosa y otra.


La Fusión de las culturas

Desde los israelitas, ellos encontraron el concepto que en hebreo correspondía al Logos de los griegos, y el concepto era Sabiduría. La Sabiduría de Dios era el Logos de Dios. Hubo algunos filósofos judíos que empezaron a interpretar al Antiguo Testamento en clave alegórica griega, y tratar de hacer la correspondencia. A veces se les iba la mano, a veces se quedaban cortos; no era un proceso fácil. El Señor no podía venir todavía; tenía que esperar que se cocinaran esos contactos, porque Él iba a inspirar que el Nuevo Testamento se escribiera en griego. De manera que primeramente los judíos tenían que estar preparados; para eso Dios tenía que permitir que Alejandro Magno se tomara a Israel. Esa no es una cosa casual. En la parte norte de Egipto, justamente donde el río Nilo desemboca en el Delta, en el llamado bajo Nilo, cuando Alejandro Magno vino de Macedonia, lo que hasta hoy se llama Macedonia, vinieron por mar, cruzaron el Mediterráneo más allá de la isla de Chipre,y se tomó todo eso, y fundo una ciudad en Egipto que la llamó con su nombre, Alejandría.

Cuando los asirios y los babilonios vinieron y se tomaron a Israel, en ambos cautiverios hubo judíos que se fueron para Egipto, y se fueron a vivir justo en ese Delta, a Elefantina y otros lugares cercanos; de manera, pues, que la cultura egipcia, la cultura judía y la cultura griega se encontraron en Alejandría; es decir, que Alejandría era la olla de presión para hacer el zancocho. Por una parte era papa, por otra parte era repollo y por otra parte era carne; pero cuando la carne está cruda, o cuando la papa está cruda, algo falta. Pero cuando pasa al zancocho, la papa sabe a papa, pero también le queda un sabor a repollo, un poco de sabor a carne, y a la carne también le queda un poco de sabor a repollo y a papa; en fin, cada cosa conserva algo propio, pero también ha tenido que comunicarse con los demás.


Es como si fuera una especie de química social; porque es que la química es eso; se mezcla un elemento con tal otro, pero a veces no se pueden mezclar, hay que disponer de un catalizador, y es a través del catalizador que se puede mezclar el uno con el otro, y resulta un tercer compuesto que es cloruro de sodio. El cloro solo puede envenenar, el sodio solo también, pero el cloruro en cierta cantidad y con el sodio en cierta cantidad, da cloruro de sodio, sal de cocina. Dios no termina su revelación completa sino que tenía que preparar la humanidad, y estaba detrás hasta de la política, y Él sabía a quién le daba el imperio y por qué y para qué; y cuando se le acabó la hora a Nabucodonosor, que fue el que hizo ciertas cositas, entonces dijo: Ciro, ahora te toca a ti. Entonces llega Ciro; pero todo ese permiso que Dios le dio a Ciro, era para que Ciro hiciera algo en relación con Israel. Israel tiene que salir de Babilonia y venirse de nuevo a su tierra y comenzar de nuevo la nación. Todo ese proceso histórico es Dios trabajando.


Antes de que llegara Cristo, en Israel hubo un hombre que se llamó Aristóbulo, que era de los judíos, quien fue el primero que comenzó a tratar de hacer un puente entre la cultura griega y la cultura judía, israelita, y buscar esa correspondencia entre la Sabiduría y el Logos, de manera que ahora, cuando se hablaba de Sabiduría se pensaba en Logos, cuando se pensaba en Logos se hablaba de Sabiduría. Cuando Juan leía que Proverbios de Salomón decía Sabiduría, él decía: Bueno, esto me lo van a entender los griegos si le digo Logos, si le digo Verbo. Después de Aristóbulo vino uno que se llamó Fenio, y después, ya en tiempos de Jesús y de Juan, llegó Filón de Alejandría, el máximo exponente del judaísmo helenista, al que podr&iacut

 
 

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