LAS IGLESIAS DE LOS SANTOS

   
 


 

 

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LAS IGLESIAS DE LOS SANTOS


El Cristo no dividido, un solo y nuevo hombre, habita por el Espíritu en todos sus hijos, haciendo a todos y a cada uno de ellos, miembros de Su Cuerpo, la Iglesia universal, edificada por la Cabeza enviada del Padre, el Apóstol de nuestra confesión, Cristo Jesús, quien a Su vez, por el Espíritu Santo, escogió a los 12 que estuviesen con Él cual testigos oculares, y a quienes llamó "enviados" o apóstoles, para dar testimonio de Su resurrección siendo discípulos; a éstos, después de Su ascensión añadió por el Espíritu hombres carismáticos dados a la Iglesia para edificarla como apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, sabios y escribas, con los cuales fundó Cristo las iglesias de Judea y las iglesias de los gentiles, y lo hace así hasta hoy, edificando de esa manera el Cuerpo hacia la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, hasta la estatura del varón perfecto, y creciendo en amor, para que seamos coherederos con el Hijo de Su Reino anunciado a Israel de antemano. Tal Cuerpo celestial, místico y sobrenatural, invisible al ojo natural, tiene sin embargo sus pies en la tierra y la historia, el espacio y el tiempo; y ha tomado la forma visible al mundo de iglesias locales, las iglesias de los santos, según el lenguaje escriturario.

Fundadas son todas las iglesias de los santos, y cada una, por el Cristo glorificado, a lo largo y ancho de la tierra, mediante la operación de Su Espíritu, a través del ministerio del Cuerpo; sí, a través del ministerio de todos los santos, perfeccionado por los hombres carismáticos dados directamente por Cristo a la Iglesia universal, visible en las iglesias locales de los santos.

Estas iglesias de los santos son las asambleas de los hijos del Reino, plantados en el campo del mundo, entre cuyo mismo campo, el diablo ha sembrado cual cizaña a los hijos del malo. La red a recogido, pues, peces buenos y malos, de los cuales, los últimos, los malos, causan tropiezos, y por su fornicación e infidelidad espiritual, se ha constituido a la misteriosa Babilonia, la gran ramera, madre de otras rameras. De en medio de la tal Babilonia, llama a salir la voz celestial al pueblo del Señor, para que no participe de pecados y plagas sino que los suyos se mantengan vencedores, en cada iglesia local plantada en el mundo, siguiendo la fe, la justicia, el amor, la paz, la santidad, con todos los que de corazón limpio invocan al Señor (Mt. 13:38-41; Ap. 17:1-6; Mt. 13:47-50; Ap. 18:4; 21:7; 2 Ti. 2:22).

"Iglesia" significa asamblea sacada fuera. Todos los hijos de Dios son los santos apartados por el Señor para formar en un lugar y época dados, la asamblea de Su Reino que busca Su justicia. En cada localidad, pues, donde comience a haber 7 u 8 hijos de Dios reunidos en Cristo, se establece la iglesia de la localidad. Puede reunirse en una casa, pero su jurisdicción es la ciudad o localidad; es decir, que todos los hijos de Dios de una localidad conforman de hecho y por derecho propio, sin necesidad de otro ingreso, la iglesia de la localidad. Esta no debe dividirse, sino dar testimonio en unidad de Cristo y de Su Reino. Los vencedores apuntarán a esto.

Escrituralmente no estamos autorizados para tener más de una iglesia por localidad, sino que todos los hijos de Dios de una ciudad somos ya la iglesia del lugar y estamos obligados a guardar solícitamente la unidad del Espíritu, perseverando juntos y unánimes en la doctrina de los apóstoles, la comunión unos con otros, el partimiento del pan y las oraciones, recibiendo a todos los recibidos por Cristo. La iglesia no debe dejar de reunirse, si es posible en un solo lugar, o en varios, por las casas, etc., según la necesidad, pero manteniendo la unidad del Espíritu, reconociendo la misma mesa con un solo pan, discerniendo el Cuerpo, y anunciando la muerte de Cristo por nosotros y su resurrección hasta que Él vuelva como se fue, en las nubes.

El Nuevo Testamento no habla de supuestas "iglesias" denominacionales, ni de una corporación mundial, ni de sectas autorizadas, sino que habla solamente de iglesias locales: de Jerusalén, Antioquía, Cencrea, Corinto, Tesalónica, Efeso, Esmirna, etc. Las iglesias por las casas de que en cuatro (4) ocasiones habla el Nuevo Testamento, no eran iglesias menores y múltiples dentro de una localidad, pues en Jerusalén, las reuniones en muchas casas no eran varias iglesias en Jerusalén, sino apenas la iglesia de Jerusalén.

Las iglesias en casa de Aquila y Priscila, en casa de Filemón, en casa de Ninfas, eran la iglesia de la localidad reunida en tal casa; y no eran iglesias sectarias minúsculas divididas del resto de los hijos de Dios de la ciudad. ¡Eso no está permitido! La iglesia en casa de Aquila y Priscila era la iglesia única de Efeso, un solo candelero (Ap. 2:1); la iglesia en casa de Filemón era la iglesia única de Colosas (ver Teodoreto); la iglesia en casa de Ninfas era la iglesia única de Laodicea, un solo candelero (Col. 4:15,16; Ap. 3:14).

Por otra parte, la autonomía de tales iglesias no era quebrantada por una hegemonía provincial, nacional, continental o mundial, que les quitase el carácter de iglesias locales autónomas. ¡No! Puesto que no hay en las Escrituras autorización ninguna para iglesias mayores a una sola ciudad o localidad. Siempre se habla en plural de iglesias de Galacia, Macedonia, Acaya, Judea, Asia Menor, Siria, Cilicia, al referirse a naciones o provincias; se habla también en plural al referirse mundialmente: "iglesias de los santos", "iglesias de los gentiles", "en todas partes por todas las iglesias". No es lícito escrituralmente destruir la autonomía de las iglesias locales, como tampoco es lícito dividirlas dentro de la misma localidad.

La obra apostólica edifica regionalmente por el amplio mundo, sí, pero sin destruir la autonomía de las iglesias de los santos, sino al contrario, edificándolas. Cada iglesia local tiene cada una su propio presbiterio de obispos, plural, puestos por el Espíritu Santo y señalados por los apóstoles; junto a los obispos de la ciudad están los diáconos, elegidos por la iglesia, en cada ciudad. Este presbiterio es el responsable de apacentar, enseñar, administrar, gobernar, a la iglesia local en su autonomía, la cual tiene derecho de probar a los apóstoles y ministros itinerantes que operen en su región; debe acoger a los auténticos ministros de Cristo, a la par que no debe permitir en la iglesia la influencia de los falsos.

Las iglesias locales, sin destruir su autonomía, mantienen la comunión del Espíritu con las demás iglesias locales de la región y el mundo, siendo cada una responsable de su propio candelero en el tiempo y en el espacio que le fueron delimitados. Tal comunión espiritual de las iglesias permite la ayuda mutua y la amonestación mutua, pero no la hegemonía.

Si una iglesia local capitula ante una hegemonía inconveniente, se hace responsable de su caída, pues fue a ella, a la iglesia local respectiva, a la que se encargó el testimonio de Cristo en su lugar y época, y no debe permitir que tal testimonio sea destruido, ni desde dentro ni desde fuera. La iglesia local junto a su presbiterio están bajo la autoridad de la Cabeza del Cuerpo por el Espíritu Santo. Puede y debe buscar ayuda espiritual fuera de su ámbito, pero sin renunciar a su autonomía y responsabilidad local.
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La iglesia debe reunirse, y cada uno debe ministrar a los demás según el don recibido. Cada uno tiene algo de Dios para los demás; y mutuamente debemos enseñarnos, animarnos, ayudarnos, exhortarnos, etc. Ninguno debe tomar la mala costumbre de no reunirse, sino que, como la iglesia de Jerusalén, debemos perseverar juntos y unánimes en la doctrina apostólica, la comunión, el partimiento del pan y las oraciones.

 
 

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