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Por último, anotamos como ingrediente fundamental de la unidad del Espíritu, el reconocimiento del único Dios verdadero, Yahveh-Elohim, Padre de todos los regenerados en Cristo: "4Un cuerpo, y un Espíritu..., una misma esperanza..., 5un Señor, una fe, un bautismo (y por último entonces); 6un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos” (Ef. 4:4-6).

Lo primero que en la declaración apostólica notamos es que Dios es uno. Solamente existe un solo Dios verdadero, y fuera de Él no hay Dios. Monoteísmo es, pues, la religión del Espíritu. Lo segundo que captamos es que este único Dios es efectivamente Dios, el único Dios.

Deidad es, pues, de lo que se habla aquí, con lo cual queda implicada la omnipotencia, omnisciencia y omnipresencia del Ser Supremo, principio y fin de todas las cosas. Pero este único Dios, no es apenas el elemento de un sistema filosófico; ¡No! sino que es el "Yo Soy el que Soy" que se ha revelado a Si mismo en forma definida e histórica; Él es Yahveh Elohim; Él que es en Sí mismo y se revela a Sí mismo.

Es, pues, Un Dios Trascendente, distinto de su propia creación, pues es "sobre todos". Todo lo ha creado de la nada y a todo le ha dado un propósito. Además permanece inmanente también, a la par que trascendente, sosteniendo todas las cosas, pues Él es "por todos", como dijera el apóstol Pablo: "27No está lejos de cada uno de nosotros. 28Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos" (Hch. 17:27b, 28a). Esta inmanencia Suya que sostiene toda la creación, no es sin embargo panteísmo, puesto que Él es trascendente, Otro, aparte de Su creación; Él es anterior a ella, causa y sentido de ella. Este único Dios es, pues, el Autor y Dueño y el Proveedor.

Observando atentamente los Nombres Divinos podemos captar los atributos de Dios. Sabemos que en el hebreo, y en muchas lenguas orientales, el nombre caracteriza a la persona; es decir, que la realidad de sus atributos es pronunciada y queda, pues, caracterizada en su nombre. Conozcamos, pues, a Dios en cada uno de Sus nombres. Él es ELOHIM, el Todopoderoso (Gé. 1:1); muchos reconocen a Dios simplemente este aspecto: aceptan la existencia de un Ser Supremo, pero no más. Sin embargo, además de: EL, ELAH, ELOHIM, Dios es también ELYON, el Altísimo (Gé. 14:18); nadie sobre Él; Él es el más Alto y como tal Poseedor de cielo y tierra; Él es quien reparte a las naciones su porción. Por lo tanto, Dios es también ADONAI (Gé. 15:2), el Señor; ADON, ADONAI, Amo y Esposo. Pero hay más; Dios es EL-SHADAI (Gé. 17:1), aquel pecho todo-suficiente que amamanta y sostiene sustentando para hacer fructificar. Es EL-OLAM (Gé. 21:33), el Eterno que administra la eternidad; por lo cual es también el Ayudador de Su pueblo, Jehová de los ejércitos, Yahveh-Sabaoth (1 S. 1:3), que sirve en las batallas de Su pueblo.

Su nombre especial en relación a la redención es YAHVEH, en sus siete formas compuestas: YAHVEH-JIREH, el Proveedor; YAHVEH- RAFAH, el Sanador; YAHVEH-NISSI, el estandarte de nuestra vanguardia y victoria; YAHVEH-SALOM, nuestra Paz; YAHVEH-RAAH, nuestro Apacentador y Pastor; YAHVEH-TSIDKENU, nuestra justicia definitivamente establecida; y YAHVEH-SHAMA, el perennemente Presente en medio de los suyos (citas respectivas: Gé. 22:13,14; Ex. 15:26; 17:8-15; Jue. 6:24; Salmo 23; Jer. 23:6; Ez. 48:55).

¿Conocemos así a Dios? ¿Hemos experimentado que Él es todo eso para nosotros? Dios es, pues, también Amor, Santidad, y Justicia, Suma de toda Belleza y Perfección. Pero no solamente es nuestro Creador y Dios, sino que este mismo Dios, el único verdadero, es además nuestro Padre. Por medio de Jesucristo hemos recibido vida eterna, llegando a ser partícipes de la naturaleza divina por su Espíritu, que es garantía de sus promesas (2 Pe. 1:3-4). El único Dios es, pues, también nuestro Padre, y cual hijos de Dios, testimonio de ser lo cual tenemos en nuestro espíritu, podemos decirle: "Papá, Papito", "Abba, Padre". Dios ha puesto el Espíritu de Su Hijo en nosotros para que seamos afiliados hijos suyos por Jesucristo, de manera que sepamos que nos ha hecho coherederos con Cristo, y que nos ha amado también como a Él ha amado (Jn. 17:23).

Por todo esto, además de estar Dios trascendente sobre todas las cosas, e inmanente por todos, está también habitando, sí, morando, en todos los que hemos recibido el Espíritu de Su Hijo; pues quien tiene al Hijo tiene también al Padre. "Yo en ellos y tú en mí. En aquel día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mi, y yo en vosotros" (Jn. 17:23a; 14:20; 1 Jn. 2:23; 2 Jn. 1:9).

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He aquí, pues, hasta aquí todo lo que se halla en la posesión común de los que partícipamos de la unidad del Espíritu y el Cuerpo de Cristo. Estas son las únicas credenciales que podemos exigir; quien las posea se halla sobre la misma base, y por lo cual, con toda solicitud, debemos guardar con él la unidad ya establecida del Espíritu. El vinculo de la Paz se mantiene sobre este único terreno; y una vez que nos hallemos sobre él, debemos mantener y acrecentar la comunión con todos los hijos de Dios de todo lugar, y en armonía con los de toda época que de hecho están fundados allí.

A partir de esta vida espiritual, el Señor usando de Su multiforme gracia, opera de distintas maneras para llevar a estos, de la unidad del Espíritu ya hecha y por guardar, a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, hasta la estatura del varón perfecto en Cristo Jesús, por alcanzar, ya no guardar. Guardamos la unidad del Espíritu, y alcanzamos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo; para lo cual el Señor constituyó también el magisterio de la Iglesia (Ef. 4:3; 4:10-13). Hay una fe imprescindible que guardar mientras avanzamos a la fe madura por alcanzar en la estatura y el conocimiento pleno de Cristo. Para esto último Dios preparó un ministerio que es también fundamento y columna.


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