De los límites de la Cosmogonía

   
 


 

 

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DE LOS LIMITES DE LA COSMOGONÍA[1]
 
"Lejos está lo que fue; y lo muy profundo, ¿quién lo hallará?" (Salomón, Eclesiastés 7:24). He aquí la inspirada declaración del hombre más sabio de su tiempo; de uno que buscó de Dios el don de la sabiduría y que a la vez, por su parte, dedicó su corazón a indagar e inquirir. Cuando el hombre que mora bajo el sol, atenido a la propia tenacidad de sus investigaciones, mira hacia el pasado, se encuentra siempre con un nebuloso horizonte impenetrable; una maraña penumbrosa que dificulta la certeza de la última razón subyacente de sus progresivos y parciales hallazgos. Cada puerta que se abre señala el cerrojo de nuevos y multipli­cados interrogantes. Lo cual sin embargo, está allí para acicatear al hombre y no para hundirlo en la apatía ni encadenarlo a la ataraxia, sino para conducirlo a las razones de la fe revelacional. Es el mismo Salomón el que también escribe: "10Yo he visto el trabajo que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ocupen en él. 11Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin" (Eclesiastés 3:10,11). Sería infantil pretender escapar de esas contundentes realidades señaladas por Salomón: "Lejos", "¿Quién?", "sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio...".


Con esto Dios no nos desanima, pues por el contrario, El mismo ha puesto eternidad en el corazón del hombre, lo cual motiva las indagaciones humanas. Pero el hombre, solo, no alcanza la obra completa hecha desde el principio por Dios. Lo que fue está lejos y profundo y los medios meramente humanos son insuficientes. Pero si bien tales son los medios, no tal es la eternidad puesta en su corazón. ¿Es Dios, pues, un sádico que tortura al hombre con la sed cual la de los mitos de Sísifo y Tántalo? ¿Está condenado el hombre ante la fuente sin poder beber de ella? ¿Está obligado a soltar la piedra cada vez que corona la cumbre? ¡No! ¡Claro está que no! Pero la respuesta para el hombre no basta con el ayer ni con el cómo del desarrollo posterior al principio. Los hallazgos intermedios tienen la función de dirigir nuestros corazones a las razones de la fe, a las necesida­des de la dependencia humana respecto del autor del principio y del por qué de los parámetros del desarrollo. Pero no es que sólo el ayer está lejos y profundo; no sólo la obra hecha por Dios desde el principio se aleja del entendimiento de las fuerzas meramente humanas. También lo que está presente a nuestros ojos en el hoy oculta bajo su evidencia presente otras formas y huellas que nos obligan a la fe en el Absoluto. La inmensidad obliga al hombre a levantarse desde los detalles e indagar en sentido a lo Absoluto, a buscarlo y contemplarlo anonadado, a esperar de Él señales comunicadoras, pistas directrices. Y es entonces cuando el hombre descubre en sí las vivencias de la fe y las experiencias de la religión. Es entonces cuando descubre la posibilidad, la probabilidad, la razonabilidad y la necesidad de la revelación divina.


 Sí, con respecto también al presente, y no sólo al pasado, nos sigue hablando Salomón: "16Yo, pues, dediqué mi corazón a conocer sabiduría, y a ver la faena que se hace sobre la tierra (porque hay quien ni de noche ni de día ve sueño en sus ojos); 17y he visto todas las obras de Dios, que el hombre no puede alcanzar la obra que debajo del sol se hace; por mucho que trabaje el hombre buscándola, no la hallará; aunque diga el sabio que la conoce, no por eso podrá alcanzarla" (Eclesiastés 8:16,17). ¿Significa esto que es inútil la indagación humana? ¡No, claro está que no! Dios mismo la estableció en el corazón del hombre, pero su razón de ser se relaciona al objetivo divino de revelarse Dios y hacer notorias sus grandezas. La nueva creación, las nuevas cosas, los nuevos tiempos, no son la respuesta a la sed que impone subyacente al hombre la urgencia de las indagaciones. Dios es el que se oculta y a la vez se revela detrás de todos los indicios. El apóstol Pablo escribía a los Romanos: "19...lo que de Dios se conoce...es manifiesto, pues Dios...lo manifestó. 20Porque las cosas invisibles de El, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas..." (Romanos l:19,20, cita parcial). Por eso a los filósofos atenienses también enseñaba Pablo en el Areópago: "26Y de una sangre ha hecho (Dios) todo el linaje de los hombres; para que habiten sobre la faz de toda la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; 27para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está Dios lejos de cada uno de nosotros. 28Porque en él vivimos, y nos movemos y somos..." (Pablo en Lucas, Hechos 17:26,27,28a).


De lo oculto de Dios se manifiesta en parte y como indicio en las cosas creadas desde el principio, entonces ciertamente las muchas maneras de palpar indagando en las obras de Dios, tienen el sentido de llevarnos a buscar a Dios; a la razón última y subyacente de toda la realidad. Esa es pues la verdadera y legítima atracción que conduce la ciencia hacia los umbrales del estrado de los pies divinos. Los cielos señalan el trono y la tierra señala el estrado. ¿De quién es el trono? ¿De quién el estrado? Esa es la pregunta que se esfuerza sobre las conciencias de los hombres sobre cuyo corazón ha sido puesta eternidad. Stephen Hawkings, el que ha sido llamado el Einstein de nuestros tiempos contemporáneos, el privilegiado cerebro de los tiempos últimos, autor del libro "Historia del Tiempo", declaró a los periodistas que ya conoció el cómo se había formado el universo, pero que ahora quería saber el por qué. Cuando se han seguido todas las posibles pistas mediante las etapas intermedias hasta el origen, nos asalta la ineludible atracción (ineludible aunque inmoralmente sepultada, reprimida por algunos) del por qué; pero incluso la atracción nos dirige no sólo al por qué ya que un mero qué, y las razones de un qué, nos dirigen a un quién. Si el qué del por qué tiene razones que son el por del por qué, entonces tales razones le pertenecen a un quién. La categoría de razones no se basta con un qué, requiere un quién. Los quién son los que tienen razones, no los meros qué. Existe pues también en este plano una ley gravitacional, una fuente de atracción profunda que todo lo arrastra, o diríamos mejor, lo conduce todo hacia Sí. La culpa consiste en pretender ignorar y tergiversar tal atracción. Se trata de una injusticia moral inexcusable, digna de la ira de Dios.


La atracción de Dios no significa alejarnos de la ciencia, sino más bien acercarnos a la vida divina que le dará al hombre la verdadera ciencia. La pretendida "ciencia independiente" realmente es la muerte. Es la separación de la fuente y de la razón última. La vida divina, en cambio, como alimento del hombre que se conduce en Dios, lleva al hombre a la verdadera intelección y realización integrada de la plenitud. No le quita nada Dios al hombre, sino que por el contrario, lo capacita para la realización integral. Dios mismo invita al hombre a encontrarle tras sus muchos palpares. Es Dios mismo quien ha querido que el hombre de muchas maneras palpe, pero para que le encuentre, no para que idolatre los detalles eslabonales de lo que apenas es una clave. Por eso Dios también se ha revelado y ha revelado al hombre las directrices básicas para la intelección del universo. Con la herramienta de tales directrices revelacio­nales puede el hombre, ayudado de Dios, asombrarse y adorar al Señor al constatar Su grandeza, poder, sabiduría, amor, providencia, etc., mediante las cosas hechas. Las cosas hechas no deben ser pues la meta del hombre, lo cual es lo culpable y lo ilegítimo. Sin embargo las cosas hechas, en cuanto meros medios conducentes a Dios, son instrumentos válidos y objetos del legítimo conocimiento al cual Dios mismo nos conduce con miras ulteriores, teológicas. El Espíritu mismo de Dios, y en forma claramente revelada, dirige al hombre a encontrar a Dios con la ayuda del conocimiento de la naturaleza y del universo.


David veía en toda la tierra la gloria del nombre de Dios: "¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra!" (Salmo 8:1). Y también a los cielos y el firmamento oía contar y anunciar. Al día oía emitir palabra y a la noche oía declarar sabiduría: "Los cielos cuentan la obra de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría" (Salmo 19:1,2). He allí el sentido de las razones astronómicas, geológicas, biológicas, psicológicas y pneumáticas. Los cielos declaran la justicia de los santos que es la de Dios, porque Dios es el juez (Salmo 50:6). Las obras hechas declaran la calidad del Hacedor, pues: "9El que hizo el oído, ¿no oirá? El que formó el ojo, ¿no verá? 10El que castiga a las naciones, ¿no reprenderá? ¿No sabrá el que enseña al hombre la ciencia?" (Salmo 94:9,10). Dios enseña al hombre la ciencia, la cual es buena y provechosa, con herencia y es escudo (Salomón, Eclesiastés 7:11,12), ¿Cuánto más entonces es sabio, provechoso y escudo Dios mismo? Pues para conocerlo a El enseña Dios al hombre la ciencia. Por eso concluía David: "13Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. 14Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravilla­do, y mi alma lo sabe muy bien. 15No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. 16Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas. 17¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos! 18Si los enumero, se multiplican más que la arena; despierto, y aún estoy contigo". (Salmo 139:13-18).


La genética, la criminología, la taxonomía, las ciencias biológicas en general, la realmente ciencia que describe los hechos, nos guía a los pensamientos de Dios, la suma de ellos es como la arena del mar, es la materia de innumerables enciclopedias, todo lo que realmente es ciencia en las enciclopedias descartando la especulación culpable, huella en las arenas de los pensamientos de Dios, y a la alabanza de Dios debe conducirnos. Es por ello que las palabras inspiradas de Job también se suman al eco de los justos que con Dios canta acerca del sentido impuesto legítimamente a la ciencia del hombre. Job descubre el sentido teológico de la geología y de las distintas ramas de la zoología, y nos incita a descubrir a Dios tras estas ciencias. Dios dice: "7Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán; a las aves de los cielos y ellas te lo mostrarán; 8o habla a la tierra, y ella te enseñará; los peces del mar te lo declararán también. 9¿Qué cosa de todas éstas no entiende que la mano de Jehová lo hizo?" (Job 12:7-9). Job se vio enfrentado a las preguntas de Dios y con Job todos nosotros: "4¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia. 5¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel?... 8¿Quién encerró con puertas el mar, cuando se derramaba saliéndose de su seno, 9cuando puse yo nubes por vestidura suya, y por su faja oscuridad, 10y establecí sobre él mi decreto, le puse puertas y cerrojos, 11y dije: Hasta aquí llegarás, y no pasará adelante, y ahí parará el orgullo de tus olas?... 25¿Quién repartió conducto al turbión, y camino a los relámpagos y truenos, 26haciendo llover sobre la tierra deshabitada, sobre el desierto, donde no hay hombre, 27para saciar la tierra desierta e inculta, y para hacer brotar la tierra hierva? 28¿Tiene la lluvia padre? ¿O quién engendró las gotas del rocío? 29¿De qué vientre salió el hielo? Y las escarcha del cielo, ¿quién la engendró?... 36¿Quién puso la sabiduría en el corazón? ¿O quién dio al espíritu inteligencia? 37¿Quién puso por cuenta los cielos con sabiduría? Y los odres de los cielos, ¿quién los hace inclinar, 38cuando el polvo se ha convertido en dureza, y los terrones se han pegado unos con otros?... 41¿Quién prepara al cuervo su alimento, cuando sus polluelos claman a Dios, y andan errantes por falta de comida?... 5¿Quién echó libre al asno montés, y quién soltó sus atadu­ras?... 11¿Quién me ha dado a mí primero, para que yo restituya?" (Job 38:4,5,8-11,25-29,36-38,41; 39:5; 41:11a).


Muchas preguntas responde el hombre acerca del cómo de los intermedios, a veces con inexactitud y en base a hipótesis cambiantes. Pero la pregunta seria no es tanto por el cómo intermedio sino por el quién inicial, por la causa eficiente y final. El terreno de la fe se encuentra pues en este campo, donde la indagación del hombre se eleva sobre los detalles hacia el absoluto para esperar de allí la pista que constituye la revelación directriz. Pero es que incluso para los eslabones intermedios del cómo, necesita también el hombre de pistas, directrices revelacionales; y esa es pues la razón de la necesidad de ir más allá de las meras filosofías y teologías naturales, para llegar al campo de la exégesis revelacional, incluso en lo cosmogónico, en lo cosmológico y en lo cosmotélico; es decir, en la indagación acerca del origen, del estado y del sentido de la creación. Detrás de las preguntas astronómicas, geológicas, oceanográficas, físico-químicas, biológicas, ecológicas, psicológicas, filosóficas y espirituales, las encuentro ante Dios, una pregunta teológica suprema y directriz, la cual impone el sentido a todas las demás preguntas intermedias. La pregunta teológica final abre el espacio para la siembra divina de la revelación especial que en los temas de la teología propia, la teleología y el subsidia­rio cósmico, requieren de la exégesis. Así que, aunque para las meras fuerzas humanas, lejos está lo que fue y no puede el hombre alcanzar toda la obra que ha hecho Dios desde el principio, sin embargo, el hombre tiene entre sus datos aquellos de la revelación especial e histórica de Dios, que brindan a la humanidad las pistas directrices y las claves investigativas. De esa manera, el hombre, tomado de la mano de Dios, cumple su tarea de prepararse para señorear y sojuzgar, ya que las obras de Dios han sido puestas por Dios mismo en las manos del hombre, como está escrito: "6¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el hijo del hombre, para que le visites? 7Le hiciste un poco menor que los ángeles, le coronaste de gloria y de honra, y le pusiste sobre las obras de tus manos; 8todo lo sujetaste bajo sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas nada dejó que no sea sujeto a él..." (Hebreos 2:6b-8a).


En Génesis, Salmos, Eclesiastés y Hebreos, como también en otros libros bíblicos, se aclara la misión del hombre respecto de las obras de Dios, señorear y sojuzgar, para lo cual requiere indagar, en lo que Dios le ayuda, le instruye, le conduce, y le hace sacar provecho y protección. Todo esto con la mira teleológica final de la gloria de Dios. La verdadera ciencia es, pues, una hija de la verdadera teología bíblica. Una hija que le sirve en sus propósitos, y a su vez, la madre teología, la que nace de la exégesis integral, sirve también a su hija la ciencia en el mayor aprovechamiento de sus labores investigativas y de aplicación pragmática. La revelación le da directrices a la hipótesis científica desde el canon, a la vez que le da sentido ético trascendente a sus aplicaciones. Si la hija pretende rebelarse contra la madre, si la ciencia pretende olvidarse y desconocer a la teología, y la teología a la exégesis, aquella se perderá en la muerte y la carcomerá el absurdo. La maraña de los relativos la enloquecerá y el fruto final tan sólo será dolor. Pero de la misma manera la madre teología debe reconocer el lugar legítimo, el espacio vital, otorgado por Dios, según la sana exégesis, al desarrollo de todas las posibilidades de la hija ciencia legítima y auténtica. De otra manera el mismo sentido teológico se quedará mutilado en sus instrumentos corroboratorios y herramentales de señorío. No se trata aquí del maridaje híbrido de dos esferas en nada conexas, sino más bien de la integración legítima de dos aspectos de una sola realidad integral que en un mismo Dios encuentra su sentido y sostén.


Dios no nos ha mentido ni con la creación ni con la revelación especial. Todos sus lenguajes nos dirigen a sí mismo. Ahora bien, por eso mismo, debe el hombre hacerle justicia a una y a la otra, a la teología y a la ciencia, a la realidad. No debe prostituirse a la teología con una enferma exégesis, ni debe prostituirse a la ciencia con especulaciones pseudo dogmatistas y afiebradas en las que el pecado del hombre oscurece la objetividad en la consideración de las evidencias. La teología y la ciencia no deben ser hechas enemigas por el pecado de la insensatez del hombre. Ellas son amigas cuando se mantienen en la función otorgada por Dios. No obstante, el carácter maternal de la teología, y el filial de la ciencia, no deben perderse de vista. La teología es madre porque si es legítima no nace de la ciencia natural sino de la sana exégesis científica y espiritual de la revelación divina. Su objeto final es el Dios que se ha revelado con evidencias suficientes. Si la teología abandona su objeto de aproximación y sus datos revelacionales propios, se suicida, se degrada, deja de ser teología; apostata y deshonra al Dios que se ha revelado y ha entregado confiables y verdaderas pistas a los hombres. La herramienta fundamental de la teología es la exégesis. La exégesis señorea en la teología y su instrumento es la hermenéutica, y su único tutor el Espíritu Santo. Ante la revelación divina, los datos de la ciencia no son sino apariencias. En cambio, ante los datos de la ciencia, la revelación divina es juez y maestra, instructora y corregidora. Porque el a priori de la fe no puede descansar sino en Dios mismo. La fe no debe arriesgar su pie, menos su cabeza, en las endebles conclusiones parciales de la ciencia meramente humana, que por lo humano es defectible y pervertible, además de incompleta. La opción es, pues, el árbol de la vida divina, de otra manera continuará campante la muerte. La ciencia, por su parte, como claramente lo sostiene Henry Morris, importante representante del creacionismo científico, debe mantenerse dentro de los límites legítimos de sus posibilidades. Pero, en vez de esto, se ha dado el caso en que meras asunciones filosóficas y presuposiciones no científicas son la fe ciega no revelacional ni exegética que se ha usado como requisito base para pretender proyectar al pasado, al terreno cosmogónico, los procesos presentes. Mas en el presente lo que tiene lugar son las leyes de la termodinámica, la conservación de la energía, y la entropía. Pero la creación es anterior a las dos, y no debe confundirse la creación pasada, en la que las cosas fueron hechas, con la situación termodinámica presente.


La ciencia puede abocarse al cómo de la termodinámica presente, pero no debe pretender proyectar los procesos actuales al momento de la creación, puesto que la creación ex-nihilo no es un proceso presente. Cuando la ciencia pretende dar ese supuesto cosmogónico, deja de ser ciencia, pues asume una presuposición filosófica no científica, lo cual es la de identificar sin credenciales a la creación original con los procesos termodinámicos presentes que no se refieren a creación sino apenas a conservación y deterioro. El cuándo, el cómo y el orden de los sucesos de la creación corresponden al lejano pasado, cuando no estaba presente el hombre. Los procesos presentes son posteriores al cómo, al cuándo y al orden propio de la creación original y no se corresponden necesariamente con aquellos acontecimientos. No debe confundirse la creación con la providencia posterior. La termodinámica describe apenas cierto aspecto natural de tal providencia, pero nada nos puede decir con certeza acerca de la creación misma en su momento inicial. La ciencia sólo tiene verdadero acceso a los procesos, reproducibles, los cuales pertenecen al campo de la termodinámica en lo natural y ético de la providencia divina. Sus pretendidas incursiones al momento del fiat cosmogónico requieren presuposiciones filosóficas que si no son los datos de la revelación divina exegética, son apenas presuposiciones de creencia ciega. Sólo la fe que nace de y descansa en las evidencias de la revelación divina, es presuposi­ción confiable. Las demás presuposiciones son riesgos fatales de ateo o de incrédulo respecto al testimonio que Dios ha dado de sí mismo con suficiencia. Para un mayor enfoque de las consideraciones presuposiciona­les me remito por ahora a las exposiciones de la Escuela de Herman Dooyewerd, Cornelio Van Tyl, Duyvene de Wit, Hebden Taylor, Sprier y otros.


Pero así como el sentido de la atracción legítima de la ciencia es elevar nuestra mirada y corazón en el reconocimiento de Dios, ésto no significa que descubierta esta fe muere entonces la ciencia. Al contrario; al encontrar al Dios de la teología natural y de la revelación especial, hayamos también en El al sentido y a la comisión científicos. Pues ahora el hombre, equipado por el Dios de la revelación, señorea y sojuzga con el instrumento de la ciencia dirigida revelacionalmente a su plena realiza­ción. Huir de Dios por medio de la postergación constante mediante los cómos intermedios, es simplemente una elección ética que desea de alguna manera cerrar los ojos ante las huellas divinas. Y Dios ha dado oportuni­dad al hombre para esa elección responsable, y la oportunidad aparece en la posibilidad de una nueva pregunta por el cómo. De cómo en cómo los hombres huyen de las pistas de Dios. Pero cuando el hombre adora, los cómos multiplican más bien la adoración, la gratitud, el maravillarse, el disfrute ético y estético que es lenguaje de realización humana a la luz divina.

Pretender resucitar la ilegítima dicotomía "mística y razón" es una excusa para disfrazar de "razonable" la culpa moral, o por el otro lado de "devocional" la irresponsabilidad. Pero puesto que la responsabilidad es doble ante la realidad, pues ella es Dios y la creación, entonces la responsabilidad es la integralidad que abarca tanto lo místico como lo racional. No es pues necesario el que sucumbamos ante la trampa que pretende arrinconarnos ante una pseudo alternativa: mística o razón. No existe tal disyuntiva; lo que existe es el impulso y la invitación a la integralidad que halla su unidad, coordinación y significado en Dios mismo, que es a la vez el Dios de la revelación y la fe, y el Dios de la creación y la razón. Pero la revelación por provenir de Dios está sana, pero la razón por ser ejercicio del hombre está sujeta a enfermedad y culpa; por lo tanto la revelación debe instruir a la razón. La teología es pues la de carácter maternal, la ciencia en cambio es de carácter filial, pues la razón tiene deuda con el Creador y Su revelación. Como bien lo demuestran Frances Schaffer y Derek Biggs; la orfandad de la razón la hace irracional y absurda ("Huyendo de la Razón" y "La Racionalidad de la Revelación", respectivamente). El a priori de confiar en sí mismo aparte de Dios, o el de confiar en Dios agradeciendo y usando con Dios el sí mismo, es la elección que hace el hombre ante los árboles de la ciencia del bien y del mal, y de la vida. Uno produce muerte, el otro realización integral con Dios.


[1]Este apéndice constituye el Capítulo I del libro "Exégesis Cosmogónica, Cosmológica y Cosmotélica", del mismo autor.

 
 

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