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III

 

LA MANERA DE CONOCERLE

 

 


Cada cosa tiene su instrumento correspondiente de captación, y a cada porción de la realidad corresponde un sentido; por ejemplo, a la realidad de los colores corresponde el sentido de la vista; a la realidad de los sonidos corresponde el oído; a la realidad de los olores corres­ponde el olfato, y así sucesivamente. Y de la misma manera que la realidad del universo visible es aprehendido por los sentidos que corresponden estructuralmente a su captación, así también, al mundo interior y psíquico, en cierto sentido invisible, pero no menos real, corresponden también sentidos del alma; es decir, facultades psíquicas; es el hecho de la mente, la voluntad y la emoción. Igualmente, con el espíritu recibimos las impresiones del Espíritu de Dios. De manera que con el cuerpo y sus diferentes sentidos tomamos contacto y conciencia con y del mundo material que nos rodea. Con el alma, el yo de nuestra personalidad, somos conscientes de nuestros pensamientos, sentimien­tos y voliciones. Con el espíritu captamos a Dios, tenemos conciencia moral, intuición espiritual y comunicación directa con el Espíritu Divino. De manera que lo espiritual se discierne espiritualmente y lo natural naturalmente. Sería absurdo tratar de captar una porción de la realidad con el sentido equivocado; aplicar el olfato a los colores o el tacto a los sonidos, sería anormal; solamente acontece en las enferme­dades llamadas estesias, en las que por razones de perturbación nerviosa y cerebral, o por efecto de alucinógenos, un sentido mal recibe las informaciones dirigidas a otro en la corteza cerebral. De la misma manera, no son los diferentes sentidos naturales del cuerpo, ni siquiera las facultades psíquicas del alma, los que están diseñados para aprehender directamente las evidencias de la realidad espiritual de Dios; con tales facultades se perciben solamente sus reflejos y sus efectos; pero el órgano especialmente diseñado para el conocimiento experiencial de Dios es el espíritu del hombre, que a través de sus diversas funciones recibe las diferentes impresiones de la realidad divina. Esto lo hace, ya no como deducción en base a efectos e interpretaciones de reflejos, sino en contacto y aprehensión directa. El Espíritu de Dios se amalgama con el nuestro para damos testimonio directo de Sí Mismo y de las cosas Suyas. Es esa experiencia de evidente conocimiento lo que en el lenguaje de las Sagradas Escrituras y de la verdad conocida por los cristianos se llama "iluminación" o "revelación"; la dirección del Espíritu también es una experiencia real. Revelación, en un sentido más amplio, es, pues, el testimonio que Dios da de Sí Mismo, el cual también nos impresiona directamente en el espíritu, de manera que podemos llegar a conocerlo, y no sólo superficialmente como una experiencia esporádica y aislada, sino como es común entre los verdaderos cristianos maduros, en forma íntima, normal y permanente, haciendo de la vida un deleitoso compañerismo, una labor mancomunada dentro de un propósito definido, revelado, conocido, puesto en práctica y experimentado, encaminado a una consumación total de gloria.


Dios, pues, se ha revelado perfectamente y en forma completa en Cristo, lo cual es conocido directamente por revelación del Espíritu. De manera que el Espíritu Santo revela en nuestro espíritu humano a Cristo, el Hijo del Dios Viviente, y Éste nos da a conocer al Padre. Las Sagradas Escrituras son un testimonio de la experiencia de estas realidades. La Iglesia universal de Jesucristo, no una denominación cualquiera, sino Su Cuerpo místico, es, pues, el vaso que contiene y participa este testimonio; y este testimonio, más que una cosa o simple doctrina, es la evidencia de la VIDA ETERNA, en su naturaleza propia, y manifiesta en la demostración de las características actuantes del Espíritu; actuaciones que nacidas en Dios, producen efectos restaura­dores y verificables, los cuales se encaminan todos coordinadamente a la redención total; es decir, a la reconciliación de todas las cosas con Dios, de manera, que Él sea conocido por Su gloria en todas ellas. Esto ha sido hecho posible en Cristo Jesús sobre quien fue puesta toda la vieja creación rebelde, entregada a muerte en la cruz de Cristo, y reconstituida en una nueva creación, por la resurrección de Cristo, quien como segundo Hombre y como Espíritu Vivificante permea ahora lo temporal para transfigurarlo en el día postrero hacia la libertad incorruptible de que goza el Cristo resucitado. Y todo en su debido orden: primero Él en Su resurrección para llenarlo todo, y entonces por el Espíritu derramado para confirmar la plenitud de Su gloria, ahora a través de la Iglesia, que es Su Cuerpo, que será transformada hacia la incorruptibilidad en la segunda venida de Jesucristo. Entonces, el resto de la creación será libertada también para que Dios lo sea todo en todo, según ya lo ha hecho en Cristo, Principio de la Creación y Sustentador de todo lo creado. Aún el juicio sobre lo reprobado manifestará Su gloria. Esto es de lo que los cristianos damos testimonio.

Claro está que antes de conocer íntimamente al Cristo vivo y resucitado en forma espiritual, normalmente se tiene primero un punto de contacto, pues el Verbo de la gloria vino al mundo y se hizo carne visitando la historia. En ningún momento desconocemos, pues, la importancia que pudiera tener en el comienzo de la fe de los cristianos, y también a lo largo del camino, el conocer primero naturalmente, según la carne, al Cristo objetivo de la historia; pero estábamos simplemente diciendo como Pablo que el verdadero conocimiento es por el Espíritu; como está escrito: "De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según 1a carne ; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así" (2 Co. 5:17). Pero claro está que para conocer espiritualmente por aprehensión directa al Dios de la gloria en Cristo por el Espíritu, es necesario primero «nacer de nuevo» y ser regenerado para tener parte en el reino espiritual (Jn. 3:6). El nuevo nacimiento mismo es un comienzo de conocimiento espiritual. Para que ese nuevo nacimiento sea de veras precisamos de la fe que nace gracias al testimonio espiritual escuchando espiritual­mente del Cristo objetivo e histórico y Su obra. Pero la gracia de poder reconocer en Jesús de Nazaret al Cristo, el Hijo del Dios viviente, es indudablemente una obra espiritual de iluminación por la que el Padre revela a los bienaventurados acerca de Su Hijo y por Su Hijo acerca de Sí Mismo.


Así que antes del conocimiento espiritual y de la comunión personalísima con Dios en forma directa, normalmente resulta necesario la invocación de fe; y para que haya tal fe suele ser necesario escuchar el testimonio del evangelio que nos presenta primeramente la historicidad del Cristo; pero mejor, al Cristo de la historia fluyendo evidentemente mediante el Espíritu. Tal testimonio, además de en el Espíritu, que es fundamental, se halla también a través de las Sagradas Escrituras y en la Iglesia, Cuerpo de Cristo, es decir, el organismo vivo constituido por los auténticos cristianos. No es necesario acudir a otro lugar, pues éstos bastan como testigos autorizados. Sin embargo no estamos cortos del testimonio «externo» acerca de la historicidad de Cristo. Tal testimonio simplemente confirma el de las Escrituras y la Iglesia, de manera que la invocación de fe tenga un aliciente más.

A pesar de lo antedicho, no restringimos la obra del Espíritu al punto de contacto histórico, pues Cristo mismo vive hoy, y si lo quisiera, bien podría dar testimonio por Sí mismo y sólo, lo cual ha hecho en casos esporádicos donde la necesidad era imperiosa. Recordamos el caso de un brujo indonesio en la década de 1960‑70, narrado por Mel Tari;[1] también el caso del Rabí Miguel,[2] y el del ex‑hindú Sundar Singh compilado por J. McDowell.[3] Hay otros casos,[4] pero basten estos tres testigos.

El énfasis es que a Cristo lo conocemos verdaderamente al entrar en contacto directo con Su Espíritu, para lo cual Él descendió y envió al Paracleto. También Su Espíritu se movió en la dirección de Su Iglesia testigo e inspiró la Escritura, que presentaría los aspectos esenciales, de manera que respaldados por todos los flancos, el Espíritu, las Escrituras, la Iglesia, la tradición y experiencias vividas, junto con la evidencia "externa", tengamos los puntos de contacto, el portal, donde la fe es animada para el diálogo que le llevará a la experiencia y al conocimiento espiritual. Una vez que tal conocimiento sea engendrado por el testimonio espiritual, y parido, "ya nadie os quitará vuestro gozo",[5] en el decir de Jesucristo.

La fe depende primordialmente del Don de Dios, pero claro está que es fe otorgada en el testimonio que Dios ha dado9 y da de Sí mismo en múltiples maneras, aunque exclusivamente revelado en Cristo Jesús en su forma perfecta. Crezcamos en la Fe del Hijo y en su Conocimiento.



[1]Mel Tari, Como un Viento Recio.

[2]Miguel Hesbe, Miguel, Miguel, ¿por qué me persigues?

[3]Josh McDowell, Evidencia que Exige un Veredicto.

[4]Por ejemplo, los nombrados por John Walker y su familia en Milagros y Mártires, etc.

[5]Juan 16:22. 9Hechos 17:31.

 
 

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