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UN ESPÍRITU


Como ya vimos en el apartado XXV (La unidad del Espíritu), la comunión de los miembros del Cuerpo de Cristo se debe fundamentalmente a la unidad del Espíritu, uno sólo, pues, es el Espíritu el que debe operar en el Cuerpo: el Espíritu de Cristo. Con esto queremos señalar que quedan completamente reprobadas todas las acciones que procedan de otra fuente distinta al Espíritu Santo. Lo que es nacido de la carne es carne, lo cual para nada aprovecha, pues no puede heredar el Reino (Jn. 3:6; 6:63; 1 Co. 15:50). Es recibida toda persona que tenga el Espíritu de Cristo; y de tal persona se recibe toda acción nacida en el Espíritu. Y puesto que existen otros espíritus que operan error, se hace necesario probar los espíritus, examinarlo todo y retener lo bueno (1 Jn. 4:2; 1 Tes. 5:21). El Espíritu Santo se caracteriza por su confesión de Cristo (1 Jn. 4:2,3), y por Su fruto (Gá. 5:22,23), pues el espíritu de la profecía es el testimonio de Jesús (Ap. 19:10).

Esto no significa que una persona que posea el Espíritu de Cristo nunca vaya a cometer una falta o error, pues la persona sigue siendo libre y es su deber someterse voluntariamente al Espíritu Santo sin contristarlo, lo cual no siempre acontece. Pero sí significa que, aunque la persona tenga el Espíritu de Cristo y sea miembro de Su Cuerpo, no por eso serán aprobadas sus acciones nacidas de la carne y por la instigación tramposa de otros espíritus. Pablo escribía a los gálatas:

"1¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado? 2Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? 3¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzando por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?” (Gá. 3:1-3).

Vemos que aunque los gálatas habían recibido el Espíritu Santo que podía guiarlos a toda la verdad, erraban en su niñez espiritual por no sujetarse a Él, sino más bien seguir obrando en la carne. Tales gálatas eran aceptados como hermanos, ya que poseían el Espíritu de Cristo, pero no eran aceptadas sus acciones en la came ni sus doctrinas fascinadas por error. Un concilio de numerosas personas no representa en sí ninguna garantía si no está sujeto al Espíritu Santo.

Es muy posible, y sucedió varias veces en la historia, que sus conclusiones fueron apenas el consenso mayoritario de una democracia carnal, o el eco sobornado y amedrentado de poderosos intereses personales. No es la voz de la carnalidad de la mayoría la que gobierna en el Cuerpo de Cristo, sino, siempre, Su Cabeza, Cristo Jesús, operando por medio del Espíritu Santo que evidencia Su verdad, santidad, amor, poder, dominio propio, gloria, etc.

Reconocemos, pues, tan sólo a un Espíritu, el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo (Mt.10:20; Jn. 15:26; Gá. 4:6), Espíritu de Cristo. Éste mora en todo el Cuerpo y se manifiesta a través de cualquier miembro de Cristo que, dándole lugar, se someta a Él.

Además, el Espíritu Santo inspiró las Sagradas Escrituras y habla siempre en plena concordancia con estas mismas Escrituras que Él mismo inspiró. Atendemos, pues, a la naturaleza del Espíritu por su fruto, por su concordancia con la verdad de las Sagradas Escrituras, y por el consenso de los miembros de Cristo sujetos al Espíritu. Este triple testimonio concuerda, ya que es evidencia y fruto de la unidad del Espíritu. El Espíritu Santo es el Vicario de Cristo que opera en Su nombre llevando adelante los intereses del Reino de Dios. Tal Reino no es ahora de este mundo, y por lo tanto no se impone por la espada, ya que opera en el ámbito de la verdad acatada en los corazones que están por ella, según lo testificó el Señor Jesús a Pilato (Jn. 18:36,37). Para lo demás está el Estado. El que es de Dios, oye a los apóstoles de Cristo cuya doctrina está en las Escrituras; capta además el Espíritu y penetra el evangelio gracias a la iluminación de la revelación divina. El espíritu de error se conoce porque no oye a los apóstoles de Cristo que hablan en perfecta armonía con las Sagradas Escrituras; además, tampoco percibe la luz del evangelio, y su confesión del Cristo adolece de error y falta de revelación (1 Jn. 4:1-6).

Un hijo de Dios puede errar, pero al ser corregido en el Espíritu Santo y con la verdad apostólica escritural, reconocerá la voz de Dios, y seguirá al Buen Pastor, Cristo Jesús. Nadie lo arrebatará de las manos del Padre y el Hijo, que operan a través del Espíritu Santo, ante cuya obra de iluminación y revelación no puede prevalecer el Hades.

Todos, pues, los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios (Ro. 8:14), y es una promesa que todos Sus hijos serán enseñados por Jehová (Jn. 6:45; Is. 54:13). La unción del Espíritu Santo cumple la promesa. El Nuevo Pacto con la Simiente de Abraham es nuestro en Cristo. Desde que estamos, pues, en Cristo, a nadie conocemos según la carne (2 Co. 5:16). Todos los participantes de este mismo Espíritu tenemos por Él entrada al Padre, y somos miembros de la misma familia de Dios, conciudadanos de los santos.

Somos, pues, hermanos, no importa los medios o instrumentos usados por Dios para nuestra conversión y para hacer posible nuestra regeneración en Cristo. Es este único Espíritu de Cristo el que compartido nos hermana; no es el instrumento usado para nuestra pesca, sea misión, denominación, equipo, predicador, etc. Pertenecemos a Dios y a toda su familia, y ella nos pertenece toda por el mismo Espíritu.

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