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XVI

 

SU COMPLETA RESURRECCIÓN,

ASCENSIÓN, OPERACIÓN

Y REGRESO

 

 

El apóstol Juan nos dice en su evangelio: “19Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo y en tres días lo levantaré.21Mas él hablaba del templo de su cuerpo. 22Por tanto, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron que había dicho esto; y creyeron la Escritura y la palabra que Jesús había dicho".[1]


Jesucristo resucitó corporalmente, es decir, levantó de nuevo aquel Templo destruido en la pasión de Sus padecimientos. Su resurrección no fue tan sólo un espíritu, como sostiene erróneamente el Ruselismo; Su resurrección fue realmente corporal. Lucas registra: 36...Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. 37Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu. 38Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? 39Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. 40Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies. 41Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? 42Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel. 43Y él lo tomó y comió delante de ellos" (24:36‑43). Así, pues, Su carne no vio corrupción, como se profetizaba de Él,[2] sino que fue resucitado en incorruptibilidad. Así resucitado apareció a los Suyos y estuvo cuarenta días entre ellos enseñándoles acerca de Sí mismo y del Reino, y comisionándoles; entonces a la vista de ellos ascendió corporalmente al Cielo y se sentó a la diestra del Padre. Es necesario detenernos aquí para asegurarnos, en contra de los adventistas, de Su ascensión directamente a la diestra del Padre. Los adventistas se imaginan que Él ascendió tan sólo a un lugar santo y pasó recién en 1848 al Santísimo, pero esto no es la realidad. Las escrituras claramente dicen:

"El que descendió, es el mismo que también subió por ENCIMA DE TODOS LOS CIELOS para llenarlo todo” (Ef. 4:10).

"Por su propia sangre, ENTRÓ UNA VEZ PARA SIEMPRE EN EL LUGAR SANTÍSIMO, habiendo obtenido eterna redención" (He. 9:12); Versión Reina‑Valera; en griego: "SANTO".

"Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que TRASPASÓ LOS CIELOS, Jesús el hijo de Dios, retengamos nuestra profesión" (He. 4:14).

"Tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos" (He. 8:1).

"...Yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono" (Ap. 3:21).

Todos estos pasajes, y otros, se escribieron antes de 1848, fecha de la fallida predicción de Miller, de la cual se retractó; la cual pretendió acomodar Elena G. de White en los inicios del movimiento adventista. Los Ruselistas también tuvieron el mismo tipo de falla repetidas veces después, pretendiendo para justificarlas, una resurrección meramente espiritual, y una Venida también meramente espiritual de Cristo en 1914; pero Cristo ha estado espiritualmente con nosotros todos los días hasta el fin del mundo,[3] y lo que nos dijo que esperásemos es Su segunda venida, corporal y en gloría, en las nubes. Jesucristo resucitó corporalmente, como hemos examinado ya, y ascendió para ejercer en el Santísimo la función de Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec (He. 8:1‑4), preparando lugar para nosotros (Jn. 14:2), y siendo mediador e intercesor. Él es mediador único entre Dios y los hombres, como HOMBRE.

"Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre" (1 Tim. 2:5). Como Hombre verdadero, incorrupti­ble y glorificado, es que volverá. "ESTE MISMO JESÚS, que ha sido tomado de vosotros al cielo, ASÍ VENDRÁ como le habéis visto ir al cielo" (Hch. 1:11).

"2Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. 3Y si me fuere y os prepararé lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis" (Jn. 14:2,3).


"Y verán al HIJO DEL HOMBRE viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria" (Mt. 24:30; también ver Marcos 13:26; Lucas 21:27; Apocalipsis 1:7).

Este Santo Ser, Dios y Hombre verdadero, el Señor Jesucristo, al ascender subió a la diestra del Padre y fue glorificado con aquella gloria que tuvo con el Padre antes que el mundo fuese,[4] pues antes de la encarnación, el Verbo estaba con Dios, y entonces se despojó a Sí mismo haciéndose semejante a los hombres, un poco menor que los ángeles;184 pero después de realizada Su tarea, resucitó y volvió al Padre para tomar de nuevo aquella gloria que compartía con el Padre antes que el mundo fuese, siendo el resplandor mismo de ella, hecho, ahora, tanto superior a los ángeles; pero esta vez, algo nuevo aconteció: puesto que aquel Verbo asumió humanidad, ahora Su gloria era tomada no sólo en cuanto Verbo, sino en cuanto Verbo encarnado, glorificando así la humanidad; por lo tanto Dios le dio un Nombre a Jesús sobre todo nombre, hecho Señor para la gloria del Padre,185 que al glorificar al Hijo es glorificado a su vez por el Hijo186 que le revela y que en Su segunda venida "15mostrará el bienaventura­do y solo Soberano, Rey de reyes y Señor de señores, 16el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto, ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno" (1 Ti. 6:15,16).

En este Señor Jesucristo hemos sido la Iglesia también glorificados, pues Él es nuestra vida y vivimos por Él, por Su Espíritu, y comiendo de Su carne y bebiendo de Su sangre, que son verdadera comida y bebida para vida eterna y para la resurrección del día postrero.


Él es EL HIJO DEL HOMBRE, en quien Dios reúne y une a Sí a la humanidad. Antes de partir de nuevo al Padre, el Hijo instituyó entre nosotros el memorial de Su muerte y sacrificio, de manera que el pan que partimos es la comunión del cuerpo, y la copa que bendecimos es la comunión de la sangre.187 Asimismo, al ascender y ser glorificado, después de resucitar en incorruptibilidad, recibió del Padre, para nosotros, la promesa del Espíritu Santo, que a partir del día de Pentecostés fue derramado plenamente188 en Su Nombre189 para participarnos todo lo que es de Cristo,190 y por el Hijo, todo lo que es del Padre,191 pues quien honra al Hijo, honra también al Padre,192 y quien recibe al Hijo, recibe también al Padre,193 y quien tiene al Hijo tiene también al Padre;194 y puesto que el Hijo está en el Padre, nosotros también lo estamos porque estamos en el Hijo; sí, por eso mismo estamos igualmente en el Padre, teniendo por el Hijo entrada, y por el Espíritu.195

El Hijo de Díos al ascender y sentarse a la diestra de Díos, LO LLENÓ TODO;196 es decir, no se halló lugar en Él para la rebelión, ni en toda Su humanidad complicación y sitio para Satanás príncipe de este mundo; de manera que en Su victoria le desplazó totalmente hacia las tinieblas de afuera, y le despojó totalmente no dejando lugar para él ni sus huestes de maldad, Venció la carne, el pecado, el mundo, el diablo y la muerte, y como HOMBRE y para los hombres, venció, compartiendo Su victoria. "Subió por encima de todos los cielos PARA LLENARLO TODO". La Iglesia, partícipe de Él, carne de Su carne y hueso de Sus huesos, justificada, santificada, resucitada y glorificada en Él, sentada con Él en lugares celestiales, es hoy Su Cuerpo, depositaria de Su plenitud con la que todo lo llena en todo, y por lo tanto, en Su Nombre, cumple la extensión del Reino, que será manifestado en gloria en aquel día, para manifestar definitiva­mente la victoria de Cristo, de manera que Dios lo sea todo en todos.

Vemos, pues, la victoria total en Cristo, y ahora, ¿qué hace Él? Mientras Su Cuerpo, la Iglesia, por Su Espíritu, manifiesta Su victoria, operando en Su Nombre, Él se ha sentado a la diestra del Padre esperando hasta que todos Sus enemigos le sean puestos por estrado de Sus pies; y el último será la muerte".197 En Él ya fue vencida la muerte, siendo así las primicias de la resurrección, el Primogénito de los muertos.198 Ahora espera mientras Su victoria es comunicada a la Iglesia por Su Espíritu, Su vida, Su carne y Su sangre, para que se forme en Su Cuerpo la medida plena de la estatura del Varón perfecto,199 de modo que en Su segunda venida, la incorrupción vista nuestros cuerpos mortales, resucitándolos y transformándolos a Su semejanza, de manera que podamos encontrarle arrebatados en las nubes en las cuales vendrá.200 El Reino de los Cielos entonces será establecido definitivamente en la Tierra.



[1]Juan 2:19,21-22.

[2]Cfr. Hechos 2:26,27.

[3]Cfr. Mateo 28:20.

[4]Cfr. Juan 17:5. 184Hebreos 2:9.Cfr. 185Filipenses 2:11. 186Juan 17:11. 1871 Co. 10:16.

188Cfr. Hechos 2:1.4. 189Juan 14:26. 190Juan 16:13-15.

191Cfr. Juan 16:15. 192Juan 5:23. 193Mateo 10:40. 1942 Juan 9. 195Efesios 2:18. 196Efesios 4:10.

197Cfr. 1 Corintios 15:25.26. 198Apocalipsis 1:5. 199Efesios 4:13. 2001 Tesalonicenses 4:17.

 
 

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